Carlos Pacheco
El 16 de enero del año 2002, en la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, propuso el inicio de una negociación con los países centroamericanos con miras a firmar un Tratado de Libre Comercio (TLC). Hace sólo tres años atrás la Casa Blanca afirmaba que un TLC con Centro América no era necesario ya que el ALCA era el mecanismo adecuado y un TLC con la región carecía de viabilidad por el tamaño de sus economías. Sin embargo, las dificultades encontradas por los Estados Unidos durante las rondas de negociaciones del ALCA y la llegada al poder de gobiernos latinoamericanos con visiones más críticas, han forzado en Washington un cambio de enfoque, aunque no de lógica.
Así el 8 de enero del 2003 en Washington, el Gobierno de Nicaragua y sus contrapartes centroamericanos iniciaron el proceso de “negociación” con los Estados Unidos. Las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Centromérica y Estados Unidos, conocido como Cafta (por sus siglas en inglés) ha planificado rondas de negociaciones a celebrarse en cada uno de los países involucrados. Para ello, también se definieron cinco mesas de negociación:
* Acceso a Mercados: Bienes agrícolas, industriales, Medidas sanitarias y fitosanitarias, Barreras técnicas al comercio, Reglas de origen, Procedimientos aduaneros, Facilitación del comercio, textiles y vestido, salvaguardias.
* Servicios e inversión: Servicios, Inversión, Entrada temporal de personas de negocios, Comercio electrónico.
* Resolución de controversias y asuntos institucionales: Solución de controversias, Asuntos institucionales, Transparencia, Antidumping y derechos compensatorios.
* Otros temas: Compras de gobierno, Propiedad intelectual y otros temas.
* Laboral y ambiental: Temas laborales y Medioambientales.
Desde la perspectiva de la élite empresarial, el TLC con los Estados Unidos se ha convertido en el único camino y la única estrategia para reactivar las economías nacionales. Sin embargo, las preguntas siguen vigentes: ¿Es el TLC un fin o un medio? ¿Posee el TLC los elementos suficientes para sustituir al actual modelo de desarrollo en crisis? ¿Responde el TLC a la estrategia y necesidades de las poblaciones centroamericanas?
La retórica gubernamental sobre el Cafta argumenta que generará nuevos empleos por medio de la atracción de inversión extranjera; expandirá las exportaciones de los productos tradicionales y no tradicionales, como resultado de un mayor acceso al mercado estadounidense. De acuerdo a esta lógica, se aumentará la productividad como resultado de la adopción de nuevas tecnologías, y finalmente se aumentará el salario real de los trabajadores a partir de la expansión del comercio y del aumento en la productividad. Sin embargo, sólo se enfatiza sobre las “ventajas” del TLC con este país y muy poco sobre los impactos que este tratado tendrá en las economías y sociedades de la región. Es preocupante que la posición de los gobiernos de la región sea considerar este tratado de libre comercio como el único “instrumento de política comercial por excelencia”.
Mientras tanto, este modelo de desarrollo que ahora se pretende profundizar ya ha arrojado sus resultados. Tras diez años de aplicación de una rigurosa estrategia de apertura comercial y ajuste estructural con reducciones unilaterales de aranceles, privatizaciones, reducción del tamaño del Estado, apertura de los sectores financieros, de energía y telecomunicaciones impuestos por las instituciones financieras internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y BID); Centroamérica no sólo no ha podido alcanzar aún el nivel de ingreso y de desarrollo económico previsto, sino que además ha experimentado un significativo aumento en los niveles de pobreza, desempleo y violencia.
Para valorar las implicaciones sociales y económicas que traerá la eventual firma del Cafta para algunos sectores como el agrícola, las pequeñas y medianas empresas (PYME), los trabajadores y el pueblo en general, es necesario explicar las reglas en juego en un momento que se pretende vender al Cafta como la panacea de los problemas de la región.
El autor es funcionario del Centro de Estudios Internacionales (CEI)