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Demócratas en deuda con la democracia
Los políticos democráticos nicaragüenses no han sabido administrar la democracia que unos conquistaron y a otros les cayó como del cielo cuando el FSLN tuvo que entregar una parte del Poder, el 25 abril de 1990, como resultado de la elección popular que ganaron la Unión Nacional Opositora (UNO) y su candidata presidencial, doña Violeta Barrios de Chamorro. Y si quedaba alguna duda de la incapacidad de los demócratas para administrar la democracia, fue disipada por las convenciones liberales del fin de semana recién pasado en las que lo único que interesó fue el pleito por el poder.
El 25 de febrero de 1990 la mayoría del pueblo nicaragüense conquistó la democracia y la puso bajo la responsabilidad de la coalición de partidos (14) de la UNO, y personalmente a la ex presidenta Violeta Barrios de Chamorro. Y en 1996, la estafeta de la democracia pasó a manos del Partido Liberal Constitucionalista y al gobierno del ex presidente Arnoldo Alemán.
Ambos gobiernos promovieron importantes transformaciones democráticas. El de doña Violeta desmanteló el Estado y el sistema económico totalitario que impedían el desarrollo del país y el ejercicio de los derechos y libertades de los nicaragüenses; y el del ex presidente Alemán cosechó los frutos de lo sembrado por el gobierno anterior, y gracias a las inversiones y la cooperación externa para el desarrollo que comenzaron a llegar fluidamente después de las elecciones de 1996, promovió importantes obras de progreso material.
Pero también ambos gobiernos —o las personas que los ejercieron—, cometieron graves errores y desviaciones. En el caso de la ex presidenta Barrios de Chamorro se otorgó a los sandinistas muchas más concesiones de las que por derecho y fuerza les correspondían; mientras que el ex presidente Arnoldo Alemán oxigenó al FSLN con el aberrante pacto libero-sandinista y practicó una alucinante corrupción que dejó pequeña la piñata “revolucionaria” y el saqueo de la camarilla somocista.
El resultado de eso fue que la confianza del pueblo en la democracia se debilitó, en vez de fortalecerse como debió ser si el legado democrático se hubiese administrado de manera correcta y honrada. Y sólo por el temor a recaer en el infierno del totalitarismo —y por una mediana comprensión de que no son la democracia y la libertad las que han fallado, sino las personas que las han administrado— es que tal como se demuestra en el reportaje que publicó LA PRENSA el domingo recién pasado a base de la última encuesta de M&R, el 40.7 por ciento de los nicaragüenses apoya la democracia (derecha, centro derecha y centro izquierda) y sólo el 19.5 por ciento se declara a favor de la izquierda, o sea por el Frente Sandinista. Lo cual en términos de opción electoral se traduce en que un 25 por ciento de los ciudadanos votaría por el candidato presidencial de los liberales, 18.6 por el del FSLN, y 45.2 por un tercer candidato, aparte del 9.1 por ciento que no votaría por liberales ni sandinistas y que, por lo tanto, podría engrosar la votación de una candidatura alternativa a las de los dos partidos considerados autoritarios y corruptos —PLC y FSLN— por el comportamiento de sus líderes.
De manera que al menos por intuición política y tal vez porque todavía están frescas las dolorosas experiencias del pasado (dictaduras somocista y sandinista) es que la mayoría de los nicaragüenses parece tener fe en que, a pesar de la inestabilidad de las instituciones y de los abusos que han cometido en su nombre los políticos “democráticos”, liberales sobre todo, la democracia es en todo caso el único sistema de gobierno y de vida que le conviene a Nicaragua.
En realidad, después de tantas desgracias que los regímenes autoritarios, dictatoriales y corruptos le han causado al pueblo nicaragüense a lo largo de la historia, sería absurdo que la mayoría del pueblo no pudiera comprender, o simplemente percibir, que la vida y la gobernabilidad democrática basada en el diálogo, las elecciones libres periódicas y la alternancia en el poder, tienen más virtudes que la forma revolucionaria y totalitaria de gobernar, aunque ésta se enmascare con argumentos de amor al pueblo y ofrezca crear el paraíso en Nicaragua.