El futuro diálogo entre Rizo y el médico de don Enrique

León Núñez*

El pasado sábado, en horas de la tarde, estuve conversando en los corredores interiores del aristócrata club social de Acoyapa, con varios ex analistas políticos que ahora forman parte del ala izquierdista del imaginismo político acoyapino.

Les hice un fuerte reclamo porque no solamente habían abandonado los análisis políticos sino también porque habían perdido la imaginación; que lo último que se habían imaginado había sido el diálogo entre Maquiavelo y don Enrique y el diálogo entre el cardenal Obando y el ingeniero Bolaños, diálogos que publiqué hace algunos meses en el Diario La PRENSA.

Ellos me dijeron que últimamente habían estado estudiando la moderna teoría del pensamiento automático que, al fin y al cabo, forma parte de la imaginación. Me explicaron que se trata de un pensamiento inesperado, inevitable, que surge espontáneamente, como el pensamiento del hombre lujurioso que a la primera mirada de una mujer guapa ya está “pensando” que está con ella en la cama.

Probablemente el más brillante de los ex analistas políticos de Acoyapa expuso que después de finalizados los estudios de la mencionada teoría habían llegado a la conclusión de que la mayoría de los pensamientos que surgían automáticamente afectaban negativamente nuestro buen juicio, afectación que en este país era grave porque casi todos los nicaragüenses solían ser víctimas del pensamiento automático.

Quizás para que yo entendiera mejor la teoría del pensamiento automático, mi coterráneo la tradujo casuísticamente. Expresó que cuando los nicaragüenses se daban cuenta de que determinado funcionario público se había trasladado a vivir, por ejemplo, de Las Brisas a Lomas de Santo Domingo o de Monseñor Lezcano a Las Cumbres, inmediatamente se les venía el pensamiento automático –sin ninguna prueba– de que dicho funcionario estaba robando recursos del Estado.

Es evidente de que se trata de un pensamiento automático negativo, que al exteriorizarse podría ser constitutivo de una calumnia. Lo mejor sería que los nicaragüenses tuvieran un pensamiento automático positivo y pensaran, mientras no se demostrara lo contrario, que la mejoría habitacional del referido funcionario público podría haberse debido a un préstamo bancario o a la suerte que tuvo de sacarse la lotería.

Otro de mis coterráneos habló del pensamiento automático desde la perspectiva de la historia, e hizo ver hasta el peligro que corre la verdad histórica incluso con los pensamientos automáticos que son lógicos, porque éstos también podrían ser falsos, y nos contó que estaba terminando de leer la novela Un millonario inocente, de Stephen Vizinczey, en la que el novelista húngaro se refiere a la Puerta de la Sangre, de Toledo, España, y en donde el rey Pedro el Cruel mataba –quemaba– a las mujeres que no querían acostarse con él.

Nos decía mi paisano que el pensamiento automático lógico que inmediatamente se nos venía a la mente cuando conocíamos ese hecho histórico, era el de que el calificativo de “cruel” se debía a los crímenes del rey, pero que sin embargo, este pensamiento automático era falso porque históricamente está demostrado que al rey lo calificaban de “cruel” no porque mataba a las mujeres que se negaban a hacer el amor con él sino porque no permitía que sus súbditos se dedicaran a matar judíos.

Las demás intervenciones que se produjeron en la reunión de ese atardecer chontaleño, giraron en torno a los pensamientos automáticos que suelen apoderarse del diputado suplente. Se habló de que eran pensamientos relacionados con la idea de la muerte de su compañero de fórmula.

Yo les dije que no creía que hubiera, por ejemplo, algún diputado suplente que deseara la muerte de alguien, y que había que precisar en que una cosa era que al diputado suplente le llegara a cada rato a su mente el pensamiento automático de la muerte del diputado propietario y otra cosa era que la deseara. Todos los que participaron en la reunión no estuvieron de acuerdo conmigo, pues sostuvieron que en Nicaragua el diputado suplente no sólo vive deseando la muerte del propietario sino que la vive soñando.

Con los vicealcaldes fueron benevolentes en cuanto a los pensamientos automáticos de muerte, y pusieron como ejemplo a Evert Cárcamo, que no durmió de preocupación cuando Herty Lewites, por un infarto, estuvo en peligro de muerte, y que en cambio –según se dice en Acoyapa– había llorado a mares de alegría cuando le dieron la noticia de que don Herty ya estaba fuera de peligro.

Al terminar la reunión los ex analistas políticos de Acoyapa me prometieron –¡ojalá que cumplan!– que iban a tratar de imaginarse el pensamiento automático del doctor José Rizo, y que para ello iban a escenificar un diálogo relacionado con el estado de salud del Presidente de la República, diálogo –me dijeron– que se iba a llevar a cabo entre dos miembros del imaginismo político: uno que haría el papel de don José y otro que haría el papel de médico de don Enrique.

Ese diálogo no me lo pierdo. Yo pienso, y estoy seguro, que será una obra de teatro interesantísima. Estaré muy pendiente de la fecha y de la hora de su presentación, y voy a pedir permiso para grabar el diálogo, para poder reproducírselo fielmente a todos mis estimables lectores.

* El autor es Jurista y Escritor

Editorial
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