La Güegüense, el paternalismo y la filantropía en Nicaragua

Manuel Antonio Román Lacayo

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La Güegüense, el paternalismo y la filantropía en Nicaragua


Manuel Antonio Román Lacayo




A pesar de que empiezo todos mis días con “Un ratito con Nicaragua” y cierro con “Sólo piano” no me había percatado qué problemas económicos acechaban a la Güegüense. Eso es típico de la dignidad con la que la radiodifusora se conduce. Por otro lado ese estoicismo podría ser lesivo para su supervivencia. Ahora se escucha cómo se le solicita “a las empresas y al sector privado” que la apoyen con anuncios y donaciones, que los músicos ofrezcan conciertos y que el gobierno “haga algo”, dejando así sin obligación o responsabilidad participativa a la audiencia que como yo aprecia la programación.

Hay que olvidarse por ahora de la pujante tradición, de la calidad de la programación, de las dos o tres horas diarias que son dedicadas a la música y compositores nicaragüenses (en horas pico, no como las otras emisoras que esconden la hora que por ley deberían de cumplir) y su identidad definida. La triste realidad es que la Güegüense tiene una audiencia reducida y por eso no figura en las encuestas o en los planes publicitarios de la mayoría de las empresas, aunque desde el punto de vista de muchos negocios el tipo de oyente es selecto y con cierto poder adquisitivo deseable. Aún así no es necesariamente la estrategia publicitaria más efectiva. Por otro lado los bien intencionados conciertos y beneficios podrían hacer viable a la Güegüence, pero son algo que pasará de moda y se enfrentarán a los mismos problemas otra vez como tanta causa célebre en nuestro país. ¿Se acuerdan del zoológico?

Entonces ¿qué hacer? En este mundo de economías liberadas y gobiernos con razones sociales reducidas y miopes hay que responsabilizarse individualmente por lo que se considera importante, en vez de esperar que un gobierno altamente endeudado, una empresa magnánima, un “gran líder” o un “fino filántropo” rescate las causas que son de uno. Se vive en una sociedad en la que se ha fomentado escasa prioridad cultural y esto se refleja en todos los niveles económicos. La filantropía no es parte de la cultura nacional y no hay incentivos para que se convierta en parte de una estrategia empresarial.

Talvez se podría crear una membresía para que todos aquéllos que quieran disfrutar de ella paguen anualmente una cuota voluntaria, al alcance, y así asegurar que se mantenga la calidad y gozar de horas llena de música, pocos anuncios y el placentero ambiente que esto promueve. También se podrían usar las recaudaciones de los beneficios para crear un fondo de fideicomiso. De esa manera se evita al intermediario, y en vez de tener que ir a darle apoyo a un negocio para que ellos den parte de sus ganancias a la radio por anuncios, se le subsidia directamente. Esto haría de la Güegüense un tipo de emisora pública no gubernamental.

Una manera de hacerlo es estableciendo metas semestrales de fondos a ser recaudados y, si la audiencia de verdad cree que es valiosa la programación, ¡que paguen por ella! Sino, pues hay resignarse a perder eso que tanto se dice que es importante y apreciado. Sería algo democrático sin necesariamente acabar con el carácter privado de la radio estación. Se podría ser “accionistas” silenciosos y estar seguros de que la contribución apoyaría una causa en la que se cree, no como los impuestos. Claro, muchos se aprovecharán y no participarán en compartir la responsabilidad de mantener a la Güegüense en el aire, pero eso es parte de la ecuación y algo que tendrían que compensar los que toman la participación cívica en serio.

El problema de la Güegüense va más allá que la posible pérdida de una radiodifusora, es más bien otro síntoma de la ideología paternalista que es ahora parte íntegra del quehacer cotidiano. Parece que se ha olvidado lo que es hacer las cosas por la propia cuenta. Se acude a instancias que a menudo son ajenas al problema, se pide que “alguien se haga cargo”; aún cuando no le compete se cree que el Gobierno tiene que hacerlo todo, y cada quien se pone a la expectativa y exige sin antes preguntarse qué puede hacer por él mismo. Obviamente hay mucha gente que trabaja en aras del bien común, pero hay otros que no ven más allá del beneficio propio. Lo quieren todo fácil, sin esfuerzo, y mejor si otros se ocupan de hacerlo. Pero hay que recordar que este país es Nicaragua, no la Nirvana, y que nadie tiene más que perder que nosotros al no enfrentar nuestros asuntos.

Editorial
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