Edmundo Dávila Castellón*
En las Tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, la mayoría de las disposiciones divinas que contiene, conocidas como El Decálogo (Éxodo 20: 1-17) son expresadas en forma negativa: “No matarás”, “No hurtarás”, “No codiciarás la casa de tu prójimo…”, etc. A continuación expongo algunos preceptos fundamentales con esta modalidad, adecuados principalmente a gobiernos de países pobres y subdesarrollados como Nicaragua.
1. Los gobernantes no deben discontinuar la labor positiva (si acaso existe alguna), que haya hecho su antecesor en el poder. Tratar de desviarse y empezar de cero, sería retroceder e ignorar que la naturaleza no trabaja a saltos, sino en forma gradual y siempre ascendente hacia el progreso material y cultural de los hombres, proceso que se llama evolución y para no perecer, hay que sujetarse a sus leyes.
2. El mandatario no debe ser corrupto ni inducir o permitir la corrupción en tres tiempos: pasado, presente y futuro. En un país pobre y subdesarrollado, la corrupción equivale a genocidio. No se puede despojar a un pobre de lo poco que tiene para subsistir.
3. No se debe combatir la corrupción con total abandono de áreas más perentorias. Primero es lo primero, como son el combate a la pobreza, a la desocupación, al analfabetismo, a la falta de todos los niveles de comodidad mínimos que necesita todo ser humano para vivir dignamente.
4. No debe gobernarse por intereses personales de lucro, de poder, partidarios, etc , sino para beneficio exclusivo del pueblo. Hace 25 siglos, el sabio Confucio ya preconizaba que los gobernantes deben buscar el bien común, pero los malos políticos, por su egoísmo, aún no vislumbran el camino.
5. No deben concertarse pactos políticos ni componendas entre partidos, que vayan en perjuicio de la nación. Los pactos hacen perder su libertad de elección al pueblo en las urnas, pues dejan a éste indefenso en manos de los perdedores, deformando radicalmente lo que se entiende por democracia.
6. No deben asignarse a los funcionarios, salarios ni pensiones exorbitantes, desproporcionados por completo a la precaria economía del país, porque esto es otra forma de corrupción, legalizada. Corrupción no sólo es expoliar al pueblo abierta o subrepticiamente, sino ocupar cargos en que la conciencia del mismo funcionario le susurra al oído, que está muy lejos de merecer el salario que devenga por el trabajo improductivo que realiza. Los gobiernos deben tener en cuenta la sabia y justa sentencia: “Nadie puede vivir de lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto”.
7. Los gobernantes no deben ser desleales a los líderes, bases o partidos políticos que los llevaron al poder. Toda democracia trabaja en función del cordón umbilical que une a los electores con el mandatario y el gobierno. De otra manera, los partidos políticos no tendrían razón de ser. Sólo en las monarquías absolutas o las dictaduras, se puede gobernar sin el apoyo de partidos y del pueblo mismo.
8. No se debe inmiscuir el gobernante en otros poderes del Estado, creando desorden y confusión general, sino coordinarse y armonizarse con dichos poderes y con el clamor del pueblo. Es preciso conocer las admirables enseñanzas de los grandes filósofos liberales y luminosos del Siglo XVIII como Locke, Rousseau, Montesquieu. El gobernante no debe ser ignorante en ciencias políticas.
9. No debe el gobernante enorgullecerse de conseguir préstamos y donaciones, porque al final tendrá que pagarlos el pueblo. Podrá sentirse ufano cuando tales concesiones sean utilizadas adecuadamente para promover la producción y el progreso del país, a través del trabajo fecundo y creador de sus habitantes.
10. No debe tener el gobernante una visión estrecha y de corto plazo para el desarrollo del país, creyendo que obrará prodigios en el breve período quinquenal que le toca cubrir. Empero, debe tratar de superar en cualidades y obras realizadas, al gobierno que le precedió y solamente sentirse orgulloso hasta que tenga que entregar la banda presidencial a su sucesor, aspirando a que el pueblo le eche de menos cuando deje su cargo y la historia le recuerde gratamente por la meritoria y encomiable labor que realizó en su mandato.
En un país subdesarrollado, la misma pobreza conlleva otros pecados, carencias y calamidades concomitantes de diversa índole, tal como sucede a nivel familiar e individual. Los países avanzados generalmente disponen de recursos naturales, grandes hombres y pueblos emprendedores, amantes celosos de su patria.
Si se toma en cuenta, para empezar, lo que no debe permitirse a los gobiernos, los nicaragüenses tenemos derecho a mejorar cada vez más, avanzando lenta pero firmemente hacia el progreso.
Pensando en las futuras generaciones, y esforzándonos por luchar denodadamente por vencer los obstáculos al desarrollo, conservaremos siempre la esperanza.
* El autor es Ingeniero Civil.
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