Ricardo Guerrero Nicaragua
Los medios de comunicación difunden el desprecio y enseñan el autodesprecio a los vencidos. Sí, los medios modernos de comunicación han enseñado a los niños pobres de mi barrio a jugar a los cowboy, y es raro encontrar a uno, tan sólo a uno de ellos, que quiera hacer el papel de miserable, eso es lo que enseñan los medios modernos de comunicación.
La guerra en Irak no fue novedad para nadie en mi pueblo sufrido, ya que aquí lo peor empeora cada día más y no se muere por causa de esas catástrofes humanas, sino de otra cosa. Imagínense que los niños de mi barrio empiezan el día con las piernas flojas y un nudo en el estómago. Mientras tanto, afuera sigue el bombardeo publicitario haciendo de la sociedad actual, una sociedad que desprecia la vida y adora las cosas.
¿Por qué los medios no sacan imágenes de los niños de mi barrio? Porque éstos duermen en el suelo y en cajas de cartón, y desde allí miran la televisión comprada a plazos. Mientras la clase alta juega a las estadísticas y la clase media a la bolsa, la clase baja apuesta a la lotería. ¿Quién despertará millonario mañana? Tal vez un diputado “boludo” (holgazán), un magistrado corrupto o un juez de esos que deambulan en los pasillos de los juzgados cobrando coima al mejor postor.
Estoy harto de la vida, de ver en la televisión a los políticos corruptos, depravados, homosexuales y sin corazón. Ellos son dueños del poder y se refugian en el pasado, creyéndolo muerto, para negar el presente que se mueve, que cambia, y también para conjurar el futuro. Los medios de comunicación son sus armas más efectivas. No es en vano que los partidos quieran y tengan el monopolio de los medios.
Por eso hay que denunciar el sistema de valores que sacraliza las cosas y desprecia a las personas. Y el juego siniestro de los medios que inducen al consumo, y a los hombres a usarse entre sí y a aplastarse los unos a los otros. Es como vivir muriendo, que es una manera de dar la razón a un sistema que desprecia a los vivos.
Escribir, ¿tendrá sentido? La palabra me pesa en la mano. Organizo aduanas de palabras, quemaderas de palabras, para resignarme a vivir una vida que no es la mía. Los medios de comunicación me obligan a aceptar una memoria ajena. Realidad enmascarada, me enseñan la historia contada por los vencedores: quizás escribir no sea más que una tentativa de poner a salvo, en el tiempo de la infamia, y ojalá que mi voz dé testimonio de que aquí estuve y así fui. Quizás mañana lean lo que hoy escribo, pues hoy en día no sólo tienen dueño las tierras, las fábricas, las casas y la gente: también tienen dueños los temas, pues por desgracia existe el monopolio del poder y la palabra.
Los hombres como usted y como yo estamos condenados al silencio. Por desgracia vivimos en un país donde un litro de leche cuesta un día entero de trabajo y publicar un artículo como éste me puede costar la vida.
El autor es estudiante de Comunicación Social de la UCA