César Augusto Bravo Vargas
Los partidos políticos de Nicaragua se han venido reduciendo, por las estrategias de los dos mayoritarios, hasta crear un espectro trinómico conformado por el PLC, FSLN y PC. Este último se mantiene más por tradición que por fortaleza organizativa. El PLC y el PC son de naturaleza “democrática” pero al FSLN no se le encasilla junto a los dos anteriores. Después que el FSLN perdió las elecciones en 1990 el comandante René Núñez reconoció: “La revolución fracasó porque triunfó sólo con las armas, sé que quisimos confiar el triunfo de la revolución a nosotros los militares, pero jamás pudimos realizar la parte esencial de nuestro movimiento social”.
Como militante que soy del PLC he visto las elecciones más caudillistas que se puedan imaginar, con más ribetes castrenses que democráticos. La práctica de la dedocracia en el PLC se ha pagado con grandes decepciones, la mayor de ellas Bolaños, pues una auténtica democracia implica no sólo una forma de gobierno y estructura económica social sino también valores, actitudes y conductas democráticas.
Bolaños fue electo como candidato presidencial por el dedo del caudillo, llevando a los convencionales a votar más por disciplina partidaria que por voluntad propia, perdiendo de esta manera su dignidad como personas humanas y la facultad de decidir y elegir. Si se hubiera respetado el consenso de la Gran Convención entonces fuera Montealegre el presidente y no Bolaños. Los Estatutos que rigen –tan sólo en apariencia– los destinos del PLC están colmados de antagonismos pues algunos artículos promueven la democracia y otros la matan.
La democracia es un gobierno conducido con el consentimiento libremente otorgado por el pueblo, que concede el derecho a gobernar mediante elecciones periódicas y justas. Pero este concepto no rima con los estatutos del PLC pues en el capítulo V, que concierne a la Gran Convención Nacional, el Arto. 25 concede derechos especiales a algunos funcionarios, como los diputados, que automáticamente son convencionales.
Las bases tienen los líderes que se merecen. Nadie o casi nadie ha sido capaz de señalar estos errores desde adentro y quienes los señalan lo hacen desde afuera, de forma iracunda que desvirtúa su verdad, como Alejandro Fiallos. Así no se vale. El volcán calma su furia desde adentro, desde afuera nadie lo ha calmado. Con callar se manifiesta el estado más puro de masoquismo político. El costo a pagar es alto y hay que soportar la retórica de un presidente mentiroso, que asfixia al país en una economía paupérrima.
El Movimiento de Unidad Liberal es un mortinato del ingeniero Bolaños. No es alternativa factible y dependerá mucho del candidato que tenga la bendición del doctor Alemán. Poner otro que no sea Montealegre pondría en serias dificultades al partido. Pero Montealegre también presenta problemas, es “gallo-gallina”, arnoldista y bolañista, y además connotado aristócrata que jamás se ha rozado con las bases del partido ni con la gente pobre. Su elección equivaldría a la reelección de Bolaños, que no siente piedad por el pueblo.
Mientras el Partido Liberal esté raptado jamás será democrático. El ex presidente Anastasio Somoza dijo: “Yo no estoy en el poder por mis virtudes sino por los errores de mis adversarios”. La falta de democracia interna en el partido liberal fortalece la competencia. El Partido Liberal es antidemocrático y sus militantes no han (hemos) hecho nada para ponerlo a la altura de los tiempos.
El autor es liberal chontaleño.