Luis Sánchez S. [email protected]
Debajo de la estación de trenes de una pequeña ciudad escocesa llamada Restalrig, cerca de Edimburgo, fluye una corriente subterránea de agua cristalina.
Según la tradición, en ese lugar estuvo la Fuente de Santa Margarita. Y antes, en tiempos tan remotos que ya no se recuerda cuándo, la fuente se llamaba de Santa Triduana, y a ella iban los ciegos para lavar sus ojos muertos con la esperanza de recuperar la vista perdida. Era cuestión de fe.
Triduana era una doncella griega, tan hermosa como la misma Afrodita, quien en el Siglo III de nuestra era habría viajado a Escocia, acompañando a San Régulo, para trasladar las reliquias de San Andrés e implantar la fe cristiana entre los escoceses.
(La suerte de las reliquias de San Andrés es un misterio. Él era hermano de Simón (Pedro) y se supone que después de la muerte de Jesús fue a predicar a Scitia, donde ahora es Ucrania. San Andrés habría sido martirizado en un lugar llamado Patrás, clavado en una cruz en equis con la cabeza hacia abajo, igual que su hermano Pedro en Roma. Se cree que las reliquias de San Andrés fueron llevadas a Constantinopla, y después a Amalfi, en Italia. Su cabeza la trasladaron a Roma en 1462, pero el Papa Pablo VI la devolvió a Grecia en los años setenta del Siglo XX).
Pues bien, la bella y virginal Triduana se radicó en Rescobie, en el condado escocés de Forfarshire, y de su hermosura supo el rey Nectanivan, quien fue a conocerla, enamorándose de ella y encaprichándose en poseerla.
Triduana huyó del acoso del rey y se refugió en un lugar llamado Dunfalland, pero hasta allí llegaron los emisarios reales a buscarla. Entonces la hermosa virgen griega les preguntó por qué Nectanivan se empeñaba en conquistar a una humilde sierva de Dios. –Es que su majestad desea fervorosamente la perfectísima belleza de sus ojos, y si no la consigue seguramente morirá–, respondió uno de los interpelados. –¡Ah! ¿Sí?–, replicó Triduana, y agregó: –Entonces llevadle a su majestad mis ojos y dejadme seguir sirviendo a Dios–. Y acto seguido se arrancó los ojos, los ensartó en unas espinas y se los entregó a los mensajeros.
Triduana regresó a Restalrig donde se recluyó en oración hasta su muerte, después de la cual comenzó a fluir en el lugar una corriente de agua transparente que sanaba a los enfermos de los ojos, ciegos inclusive, que tenían fe en la santa, que dicho sea de paso no aparece en el calendario romano.
En realidad, según los estudiosos de la mitología celta, el culto a las fuentes es una antigua tradición euro-nórdica, y deviene de la leyenda de Odín, el dios supremo que sólo tiene un ojo –el sol, que ilumina la tierra y da vida a los humanos–, pues el otro lo cambió por el agua de la fuente de la sabiduría (la visión universal).
Como sea, la historia o leyenda de Santa Triduana es tan conmovedora como la de Santa Lucía, patrona católica de los ciegos, de la que en una de las dos versiones que conozco se dice que sus ojos eran tan bellos que uno de sus pretendientes paganos enloqueció por ellos. Entonces, Lucía –hermosísima doncella virgen y piadosa, de Siracusa– se arrancó los ojos y se los envió a su enamorado, quien se convirtió al cristianismo.
De Santa Lucía diría Dante Alighieri que es la virgen que esparce la gracia de la iluminación.