Dexter J. Cuthbert [email protected]
Para muchos nicaragüenses originarios de la Costa Caribe habrá sido motivo de júbilo la reciente aprobación en lo general de la ley que reglamenta el Estatuto de Autonomía de las regiones autónomas de Nicaragua. Para el país se ha fortalecido la democracia. Sin embargo me siento en la obligación de señalar que la reglamentación de esta ley no es una varita mágica que por sí sola solucionará los problemas históricos que padece la población de estos territorios. Se requiere del concurso de otros elementos.
Si la Ley de Autonomía fue en su oportunidad una medida político-militar con implicancias político-jurídicas, hoy esta ley debe ser convertida en una herramienta de transformación socio-económica profunda.
Pero, así como la mayoría de edad de una persona no la habilita automáticamente al éxito en la vida, la autonomía de la Costa Caribe de Nicaragua conllevará a una transformación radical en el desarrollo y el nivel de vida de la población costeña solamente en la medida en que los líderes de las regiones y todos los costeños lo pretendamos.
Planteadas ahora las reglas del juego, corresponde a los líderes políticos costeños transitar hacia la otra autonomía, la emancipación de la politiquería nacional, la que riñe con los valores naturales y autóctonos, e intereses de los costeños. La sabia utilización de tantos recursos que Dios nos ha dado. Nada de esto será posible sin también una transformación mental. Hay que volver a leer la historia y dejar de ser objetos de intereses que niegan nuestras identidades y el futuro de la población costeña (un pueblo que no conoce su historia es como un árbol sin raíces, decía un líder caribeño). Hay que nutrirse del pueblo, aprender de los wihta y de los ancianos.
Porque da la impresión que en la Costa Caribe de Nicaragua se hubieran prolongado en el tiempo, hasta la fecha de hoy los conflictos entre las monarquías inglesa y española por dominar ese territorio, que datan del siglo XVII: El abandono de más de un siglo por parte de los gobiernos de turno hacia la Costa Caribe de Nicaragua (la mayoría de esta población sobrevive en un cuasi exilio dentro de su propia nación).
No es casualidad que la carretera pavimentada que debió llegar hasta Bilwi (Puerto Cabezas) en la Costa Caribe, finalizó justamente en Río Blanco, pueblo fronterizo entre el Pacífico y el Caribe. A los costeños les dan atole con el dedo, con una carretera que con la primera lluvia desapareció. No es casualidad que el costeño siga utilizando los términos “ispael” (español, en mískito) y “spaniard o spanish” (español, en inglés), reclamo inconsciente producto de la memoria social. El Poder Legislativo dio un primer paso con la aprobación de la ley. Los otros poderes del Estado deben hacer lo suyo.
Sin necesidad de una reglamentación jurídica ya se han observado ingentes esfuerzos de los propios líderes costeños (y de nicaragüenses no costeños, pero que piensan como costeños) por llevar un desarrollo sustantivo a esta región con —por ejemplo— la formación universitaria, que de otra forma hubiera sido imposible a la mayoría de los costeños.
Éste es un ejemplo de la potencialidad costeña, el que debe extrapolarse hacia todas las otras esferas de la vida regional, haciendo un uso eficaz del marco jurídico disponible y de los recursos humanos costeños calificados que abundan. La ley de reglamentación de la Autonomía no es una varita mágica.
El autor es economista y estudiante de derecho.