La SIB perdió un “santo”

Humberto Belli [email protected]

Ahora que la persona de Noel Sacasa ha estado en los titulares a raíz de su renuncia, existe un legítimo interés en conocer mejor a quien desempeñó el liderazgo de la Superintendencia de Bancos durante el período más agitado de la historia de dicha institución.

En estas líneas no pretendo hacer una semblanza biográfica de Noel Sacasa. Sólo quiero enfatizar algunas dimensiones de su personalidad que son particularmente relevantes en el momento actual. Al hacerlo debo aclarar que tengo casi treinta años de conocerlo y tratarlo en circunstancias diversas: como participantes en distintos movimientos religiosos laicos, como compañero de trabajo, como amigos con nuestras familias y como colegas en inquietudes intelectuales y profesionales.

También debo advertir al lector que con el paso del tiempo me he vuelto reacio a idealizar a las personas. Cuando se han vivido 57 años se ha conocido a mucha gente y, sobre todo, se ha tenido la oportunidad de llevarse muchas desilusiones. Si algo enseña la edad es la fragilidad propia y de los demás; lo mucho de vil y lo poco de héroe que existe en las personas de carne y hueso. Uno se vuelve quizás menos romántico y más desconfiado. En el caso de Noel Sacasa me ha pasado lo contrario: El paso de los años no ha debilitado, sino fortalecido, la percepción que adquirí sobre él desde el inicio de nuestra relación.

De las muchas personas que he tenido la oportunidad de conocer fuera y dentro de Nicaragua, Noel me ha impactado siempre como una de las personas más íntegras y honradas, sino la más íntegra y honrada, que jamás he tratado de cerca. Entre las personas que han compartido el privilegio de tratarlo, el doctor Sacasa ha acumulado una fama casi legendaria en cuanto su integridad y principios. No es que sea perfecto. ¿Quién lo es? Pero es una persona excepcionalmente virtuosa. De esas personas que uno puede decir sin temor a equivocarse que son “de una sola pieza”. Un hombre sin la más mínima sombra de doblez, totalmente incapaz de mentir.

Su rectitud y escrúpulos algunas veces hasta me parecieron exagerados. Esto sucedió, por ejemplo, cuando al inicio de los noventa, siendo yo Ministro de Educación, lo invité a pasar unos días de playa en una casa de protocolo del Gobierno. A los dos días Noel decidió irse pues sintió que dichos privilegios podían afectarle su independencia y sobriedad. En otra ocasión lo vi retirarse de un show nocturno, en un viaje de trabajo a Chile, siendo el Ministro de Economía en 1997, porque lo vio indecoroso y le molestaba el derroche de la delegación nicaragüense. Noel siempre ha tenido parámetros muy exigentes para medir su propia conducta.

Algunos de sus amigos atribuyen buena parte de la conducta rectilínea y, para el talante nica, un poco “cuadrada” de Noel, a la formación germánica que adquirió en su larga permanencia en Hamburgo, en sus tiempos de estudiante de economía. Sea por su formación prusiana, sea por su fe católica, celosamente vivida, sea por su invariable determinación de ser un santo laico, Noel Sacasa, padre, dicho sea de paso, de ocho hijos excepcionales, es un personaje definitivamente especial y diferente, casi raro, en la geografía de un país como Nicaragua, saturado de habitantes más bien laxos, alegres, amorales y mentirosos.

Podrá haber sufrido de cierta inexperiencia y quizás candor, en su primera etapa como superintendente, cuando las sazonadas mafias que rodeaban Interbank mantuvieron oculto por muchos meses uno de los fraudes más grandes y bien disfrazados de la historia nacional. Pero luego se distinguió más bien por su empeño en confrontar las graves irregularidades de algunas instituciones financieras. Aquí sobrevino una etapa muy difícil para el doctor Sacasa y su familia. Una Corte Suprema de Justicia muy cuestionada comenzó, inusitadamente, a fallar a favor de algunos de los banqueros responsables de las costosas quiebras bancarias, mientras éstos afilaban la navaja de las acusaciones penales contra un superintendente carente de la inmunidad que derrochan funcionarios en posiciones menos expuestas.

La renuncia del Superintendente de Bancos es una mala noticia para Nicaragua. Porque cuando hombres con el calibre moral y profesional del doctor Sacasa son prácticamente obligados a abandonar puestos de gran responsabilidad, es porque algo malo, muy malo, está pasando en el país. En un reciente artículo de opinión alguien abogaba porque tuviéramos “un santo” en la Superintendencia de Bancos. Sospecho que Nicaragua tenía uno y lo perdió.

El autor es presidente la Universidad Ave Maria College.

Editorial
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