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Puertas cerradas a terroristas
El Gobierno de la República, y personalmente el presidente Enrique Bolaños Geyer y el Ministro de Gobernación, Eduardo Urcuyo, deben mantenerse firmes en la decisión de no permitir la entrada a Nicaragua del reconocido terrorista Enrique Gorriarán Merlo (alias “Pelado”, “Ricardo”, “comandante Ángel”, “José Miguel Marín”, “capitán Santiago”, etc.).
Gorriarán Merlo fue indultado y liberado a principios del recién pasado mayo, en Argentina, donde cumplía condena de 18 años de prisión —de la que cumplió únicamente seis— por el asalto terrorista al cuartel militar de La Tablada, el 23 y el 24 de enero de 1989, en el que murieron 39 personas, 28 militantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP) al que pertenecía Gorriarán, y 11 miembros del Ejército y de la Policía argentina.
Gorriarán vino a Nicaragua a mediados de 1979 con el seudónimo de “capitán Santiago”, encabezando las brigadas de militantes trotzkistas y ultra-izquierdistas en general que trajo el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) para que le ayudaran a derrocar a la dictadura somocista. Después del triunfo sandinista Gorriarán se quedó en Nicaragua como uno de los cabecillas de los tenebrosos cuerpos de la seguridad del Estado sandinista, que sustituyeron a los también tétricos organismos de seguridad somocista. Y no fueron pocos los nicaragüenses que denunciaron haber sido torturados personalmente por el terrorista argentino que cobró fama de despiadado.
Pero su triste celebridad la adquirió Gorriarán cuando fue hasta Asunción, capital de Paraguay, para organizar y dirigir el comando que asesinó al ex dictador derrocado de Nicaragua, general Anastasio Somoza Debayle. Operación de la que hasta hoy se desconocen algunos detalles sustantivos, sobre todo los que se refieren al auspicio, planificación y financiamiento del gobierno sandinista.
Y ahora el FSLN pretendía traer a Gorriarán —algunos de cuyos hijos naturales y políticos viven en Nicaragua—, como invitado especial a los festejos del FSLN por el 24 aniversario del triunfo de la fracasada “revolución popular sandinista”.
Pero no sólo porque Gorriarán Merlo asesinó al general Anastasio Somoza Debayle es que no se le debe permitir la entrada a Nicaragua. Al fin y al cabo Somoza Debayle fue culpable de muchos crímenes en nuestro país —se asegura que a algunas personas las torturó y mató con sus propias manos—, y en su desgraciada suerte final se cumplió una vez más el antiguo y sabio precepto de que “quien a hierro mata, a hierro muere”.
Pero un asesinato es un asesinato, independientemente de quienes sean la víctima y el victimario y aunque se le pretenda encubrir con el eufemismo de “ajusticiamiento”, con el que los extremistas de izquierda y derecha justifican casi todos sus crímenes. Y una sociedad democrática integrada por ciudadanos libres, dignos y decentes —con sus inevitables excepciones— no puede rendirle culto al asesinato en ninguna de sus formas, ni aceptar la exaltación heroica del terrorismo que por cierto es un delito de lesa humanidad.
Y mucho menos que se deba aceptar a los terroristas actualmente, cuando el terrorismo internacional está atacando de manera despiadada a la civilización occidental que se basa en el humanismo, la libertad, la democracia, la dignidad humana y tantos otros valores y principios que los terroristas aplastan donde gobiernan —como en Cuba—, y agreden con atentados criminales donde operan en las tinieblas de la conspiración y la clandestinidad.
No es, pues, por el asesinato del general Somoza Debayle, que el Gobierno no debe permitir la entrada a Nicaragua de Gorriarán Merlo, sino porque su exaltación de terrorista heroico ofendería la memoria de todos los nicaragüenses que murieron por culpa del totalitarismo y del terrorismo, y sus deudos. Y porque afectaría el prestigio internacional de Nicaragua y lo haría sospechoso de proteger a terroristas.
El terrorismo en el enemigo número uno del mundo libre y de la gente que vive o quiere vivir en libertad. El terrorismo no representa ninguna religión, ideología o nacionalidad que valga la pena respetar. El terrorismo se asocia con los instintos más bajos, primitivos y criminales del hombre, y por lo tanto con los terroristas no puede ni debe haber tregua ni entendimiento de ninguna clase.