Sergio [email protected]
Nada nuevo resulta al afirmar que los hombres y mujeres influimos en nuestra historia colectiva. Cualquier historia. Sea ésta la que se aspira lograr movidos por el sentido común o en la que, idiotizados por la magia y las fantasías de los poderosos, asumimos el deplorable rol de “extras” en historieta barata.
Sin embargo, participar en hacer la historia es una responsabilidad que anima a unos y paraliza a otros. Para quienes los anima este proceso de toma de decisiones, la vivencia personal es decisiva, atrapando los ecos de un clamor interior, con una nueva manera de ver e interpretar lo que nos rodea y, almacenando esta creciente determinación y convencidos de su legitimidad, busca los cauces donde verter su fuerza transformadora. El problema, claro está, puede surgir al enterarse que estos cauces no existen o son intencionalmente bloqueados. Es ahí cuando se resuelve despejarlos o construirlos, o cuando avergonzados por la impotencia algunos bajan la cabeza.
No he encontrado otras palabras para reforzar la realidad de que cada día los nicaragûenses forjaron el futuro. En el último año, a modo de ejemplo destacado y vigente, la batalla contra la corrupción inició un capítulo que, aunque tiene desde ya reservado un espacio como obligada referencia nacional, a veces parece que nadie conoce su final ni de qué referencia estaremos próximamente hablando. Mientras tanto, intereses de toda índole se alían tejiendo una maraña de confusión que pretende despojar a la población de la oportunidad de un camino mejor.
Hoy Nicaragua, por intentar corregir la corrupción en el Estado, se mece al vaivén de la politiquería que desde siempre la ha mantenido secuestrada y se niega a liberarla. Esto nos debería llevar a reflexionar seriamente, pues ninguna agenda debería interferir en la aplicación de la justicia sobre los acusados de corrupción. Sin embargo la Asamblea Nacional exhibe nuevamente su materia prima y posibles componendas, según denuncian los medios de comunicación, mientras los nicaragüenses contemplan, otra vez, la pobreza moral de sus supuestos representantes. En fin, por donde se busque, salta una crisis de legitimidad en instituciones y funcionarios dedicados a defender privilegios de un pacto impune que sangra y amenaza a toda una nación. Lo cierto es que la clase política tradicional refleja carencia de liderazgo solvente, e insiste en despreciar la voluntad ciudadana.
¿Cómo terminará este capítulo de lucha contra la corrupción? Las componendas de cúpulas conspiran contra las aspiraciones de un pueblo que flota entre la miseria y la frustración. Y éste es un juego terriblemente peligroso que desafía, como obcecada intransigencia, las posibilidades de una Nicaragua con mayores oportunidades.
Mientras esto ocurre, no tengo reparo en decir que la población debe hacerse sentir, salir al paso de cualquier nuevo atropello a la justicia, mantenerse en alerta permanente y asegurar el castigo de los corruptos.
La PGR, luego de una pausa necesaria para fortalecer aún más su capacidad y efectividad, habiendo realizado inventario y priorizado sus próximas acciones, se apresta a continuar su labor contra la corrupción en el Estado. Todo esto en fidelidad a su misión institucional; confiada en el probado respaldo de una ciudadanía cansada de abusos.
La batalla contra la corrupción prueba su legitimidad siendo integral y sostenida, distanciada de toda consideración ajena a la aplicación del derecho y la justicia.
El autor es vocero de la Procuraduría General de la República.