Joaquín Absalón Pastora
Una paciente ilustre deplora no contar con el trazado firme del horizonte. Un leve resfrío puede afectar mortalmente sus pulmones sonoros. Es Radio Güegüense que al mismo tiempo de ser “una voz de la cultura nicaragüense” es la moribunda que al despedirse cada noche, teme no amanecer.
Piadosamente despierta con el Ave María, aunque la ronde con su ritmo agorero un pájaro que le silba alguna marcha fúnebre de ésas que la emisora pone ignorando que ella puede ser símbolo eufónico de su sepelio.
Radio Güegüense fue fundada por Salvador Cardenal a quien traté desde que dirigió Radio Centauro, su proyecto fue musical selectivo pero la inestabilidad nacional, el merengue de la política criolla le dio pringues mixtos a la idea y la excelsitud centenaria de los grandes maestros se confundía en una programación diversificada que no dio resultado no por culpa de él, sino porque las iras del poder no pudieron soportarla. Y de los restos de Radio Centauro nació una flor tentada por el desmayo: Radio Güegüense.
Salvador Cardenal olvidó la fragilidad terrena, voló con su voz a las superficies inmortales del alma y se hizo vocero de lo bello y de lo permanente.
Pero lo más terrible es que ante el peligro de una puerta cerrada, nadie reacciona, la concurrencia de su dial se pavonea con el silencio, erigida la suma de tantos oídos cautivados en una estatua implacable en su mudez.
Sólo conozco una campaña por su salvación, la emprendida por la Camerata Bach. Nadie alza los brazos ni en lo personal ni en lo institucional. Sé de países donde estas plantas son sostenidas por la cuota de sus diletantes. ¿Será posible la creación de un fructífero club de amigos?.
La anunciada agonía parece llevar larvas epidémicas. Una radioemisora de su estilo en Florida acaba de ser sepultada por el ansia comercial de unos rockeros y de clásica, pasó a ser vocera del rock.
El frenesí electrizado mete sus colmillos en la tersura natural, aún sabiéndose que los genios crearon para todos, argumento suficiente para que don Salvador se llenase de orgullo desde el pedestal donde identificaba sus “pequeñas lecciones de música” diciendo que eran de “un aficionado para aficionados” lo cual lo eximía de la pedantería. La sencillez de la viñeta sigue sonando gracias a la obediencia de sus herederos, principalmente de una nieta que lleva el nombre de Belén.
Salvador Cardenal no era estricto con su animosidad personal, cuando de diez de la mañana a doce del día iniciaba las complacencias clásicas. A los oyentes se les satisfacía con cualquier pedido que hicieran de sus efectos selectos. Accedía a breves piezas como Poeta y aldeano, Caballería rusticana, Danza de las horas, Valses de Strauss o las marchas de Souzza.
Afuera quedaba el efecto de la epilepsia musicogénica o la supuesta belleza de un erotismo falsificado.
¿Será posible que a nivel local se pierdan los eclesiales palestrínicos, los pre-barrocos, los barrocos, los clásicos, los románticos, los descriptivos (Debussy fue su favorito), los concretos, los dodecafónicos? ¿Será posible que desaparezcan las charlas güeguensísticas?
Será posible que se desplome ese patrimonio cultural?
Dentro de “lo fatal”, todo cabe, todo puede ser.
El autor es periodista.