Tepito y la fayuca

Guillermo Rothschuh Villanueva [email protected]

En cada momento de su devenir histórico los pueblos viven dramas singulares. La agenda política y parlamentaria en México, durante los días de Semana Santa (abril, 2003), estuvo encaminada a combatir y denunciar la piratería, a presentar listas de candidatos para diputados federales y a proponer cuerpos jurídicos encaminados a modernizar la legislación en el campo de los medios de comunicación. (Proyecto de Ley de Radio y TV y Ley para proteger el secreto profesional del periodista). Si bien la piratería se practica en México con la misma devoción con que se elevan plegarias a la Virgen de Guadalupe, lo desconcertante para mí esta vez es que se acuse por despojo y fraude a quien menos se esperaba y de quien no se creería: al mismísimo cardenal Norberto Rivera. El fundamento de la causa imputada: La doble comercialización a que ha sometido la imagen guadalupana. El ofendido: El impresor Othón Corona Sánchez. Contrato en mano, alega que el rector de la basílica de Guadalupe, monseñor Diego Monroy, vendió los derechos adquiridos para imprimir con exclusividad las imágenes de la Guadalupana. ¡Tamaño lío! Para corroborar los términos de su acusación el impresor Corona, presentó estampas, veladoras, plumas, medallas y llaveros, con imágenes de sus archivos digitalizados. La favorecida con la segunda y supuesta transacción fraudulenta sería la empresa norteamericana Viotran. La suma en juego: 12.5 millones de dólares. Desconozco cuál será el desenlace de esta querella. Eso lo decidirán los jueces. Son otros hechos y circunstancias las que este juicio traen a mi memoria.

Si me tomo el cuidado de citar lo anterior, lo hago con el único propósito de destacar la magnitud de las cifras que se juegan con este tipo de prácticas al margen de la ley. La Asociación Protectora de Derechos Intelectuales de Fonogramas (Amprofóm), lanzó el grito al cielo, debido los 250 millones dólares perdidos anualmente por los delitos de piratería, y fue escuchada. Como recompensa la organización se tradujo en elogios y bendiciones para la Cámara de Diputados por haber elevado este delito al dignísimo rango de crimen organizado. ¡Dios del cielo! Un endurecimiento que los miembros de Amprofóm, esperan se traduzca en una disminución sensible de una actividad cuya acta de nacimiento se remonta hasta hace más de veinticinco años (1975), con el surgimiento de la maquila en México. La maquila propició el nacimiento de la fayuca, como denominan en México a la venta ilegal de artículos extranjeros, especialmente de electrodomésticos de factura gringa. ¡Seamos justos! Circunscribir la fayuca a la venta ilegal de electrodomésticos sería no entender las dimensiones del fenómeno, dada la riqueza y complejidad de un concepto que por extensión encuadra otro tipo de actividades.

Cuando realizaba en Ciudad México mis estudios de postgrado en comunicación (1982-1884), cometí el error de no comprarme en Tizayuca, poblado a cuarenta kilómetros de la capital, tantas camisas Polo como necesitaba, la marca que causaba revuelo entre los mexicanos. Ante el miedo pavoroso de que la camisa (a cinco dólares al cambio de entonces, con un precio real de cincuenta o sesenta dólares en El Palacio de Hierro, Sambors o Suburbia), no pasara la prueba de su primer lavada, adquirí solo una. Era la época de los grandes campos pagados por Lacoste en Excelsior, recriminando duramente al Gobierno, por permitir que les fusilaran y adulteraran su lagarto y, de paso, los textileros se atracaban, sin indigestarse, las camisetas del pingüinito. También surgió el no menos severo enjuiciamiento de los dueños de La vache qui rit, los famosos quesos y mantequilla francesas, por la comercialización de estos productos en México, con tanta naturalidad y desparpajo, como si se tratase de una marca local. Debo ser sincero con ustedes. El juicio incoado contra el cardenal Rivera, me mortifica al hacerme recordar mi indeterminación. La camisa Polo que compré en Tizayuca salió A, número 1. Me duró hasta que quise. ¡Maldigo mi pichicatería! Ante los riesgos del descalabro, sólo compré una…

Atormentado por el sin sabor, me apresuro a comprar el último CD de Cristina Aguilera, encargo formulado por Dina. Sin titubear lo adquiero en Fábrica de Francia, a precio rebajado, veinte dólares americanos. Al día siguiente decido regalar a mi hija Andrea algún CD. Creo que el obsequio que mejor aprecia una joven que cumplirá los catorce es un disco. (A mí me gustaría que fuese un libro, pero muchas veces nuestros gustos provocan sus disgustos). Esta vez opto por comprarlos en la calle, a precio regalado, tres dólares americanos cada uno. Lo más sobresaliente y llamativo, en un país que invierte millones para combatir la piratería, la frase que trae estampada la copia adquirida. Como réplica auténtica, trae abajo, escrita, la siguiente advertencia: Si eres inepto y estúpido cópiame. ¡Vaya! Creo que los piratas se tomaron al pie de la letra esta conminación. Su manera de proceder pareciera indicar que hubiesen sido inducidos a cometer la estupidez de realizar cien, doscientas, mil o que sé yo cuántas copias del CD. Nada más que esta vez por mi parte no hubo ningún titubeo o indeterminación. No puede ni debe haber una tercera mala experiencia, me dije. Así que compré CD hasta para regalar. La razón no deja de ser obvia: La fayuca que ofrecen en venta, al por mayor o al detalle, los imperturbados piratas de la Quinta Norte, en Tuxtla, Gutiérrez, es mercancía probada. La adulteración no se percibe por ningún lado.

Debo confesar entonces, que me apena muchísimo el juicio promovido contra el Arzobispo Primado de Ciudad México, Norberto Rivera. Aunque en cuestiones religiosas uno nunca debe olvidar, mucho menos un Cardenal, las sabias enseñanzas de la Santa Madre Iglesia: Se puede jugar con el Santo y es posible que también con la Virgen, pero jamás con la limosna. ¡Alabado sea Tepito! ¡Todos certifican en México que en Tepito nació, creció y se desarrolló la fayuca! ¡Esa astucia de los pobres para sobrellevar la vida, en los tiempos de despliegue de la globalización!

El autor es escritor

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