Rafael Ibarguren*
Aquel 4 de julio del 98 quedará gra-bado con marca indeleble en el corazón de los nicaragüenses: En el mismo avión y en el mismo vuelo del que desembarcó dos años antes el Santo Padre, llegó a Nicaragua la Reina Peregrina de Fátima.
El pueblo se desbordó en el aeropuerto y en las calles por donde pasaba; el Gobierno la recibió con honras y la Iglesia bendijo y acompañó su peregrinar. El propio día de su llegada, Su Eminencia el Cardenal Obando la coronó en la Catedral Metropolitana ante miles de fieles jubilosos. Comenzó así un itinerario triunfal que duró no apenas los veintiún movidos días en que la Virgen Peregrina visitó Managua y los departamentos —llegando hasta la Costa Atlántica—, más los cinco años que se sucedieron desde entonces, con su permanencia y su misión en esta Nicaragua de María.
El amor a María no esperó aquellos días para manifestarse. Nicaragua siempre se ufanó de venerar a María, de modo particular en su prerrogativa de Purísima Concepción. Oraciones, flores, canciones, poesías, incienso y pólvora se coadunan armoniosamente cada vez que se trata de manifestar ese amor.
La Virgen, sensible a esas manifestaciones filiales, desde 1562 —al alba de nuestra identidad como pueblo cristiano— tuvo a bien quedarse en Nicaragua por medio de la venerada imagen de El Viejo que representa el misterio de su Inmaculada Concepción. Y en el siglo XX, le plugo manifestarse en Cuapa, allá por el año ochenta, para decir cuánto ama a los nicaragüenses y cuánto espera de los creyentes.
En 1982 el episcopado nacional consagró el país al Inmaculado Corazón de María. Y en la aurora del tercer milenio, el 13 de mayo de 2001, el Gobierno y la Iglesia nombraron Patrona Oficial de Nicaragua a la Virgen Inmaculada de El Viejo, cuyo histórico templo había sido elevado a Basílica por el Santo Padre poco antes. “María de Nicaragua, Nicaragua de María” ya no sería más la exteriorización de un anhelo, sino la proclamación de una realidad.
Cuando se gritan alegres loas a María, no se piensa necesariamente en alguna invocación mariana particular. Sobre todo no se excluye a ninguna. La Virgen de Guadalupe, la de El Viejo, la de Fátima, la del Perpetuo Socorro o la Auxiliadora —mi amor filial querría invocar aquí a María en todas sus dulces advocaciones— son perfiles de la misma Madre de Dios.
Lo cierto es que, precisamente ayer hace cinco años fue dado manifestar ese fervor por ocasión de la llegada de la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima. Ella visitó Nicaragua, se sintió en casa, resolvió volver y quedarse en nuestro suelo. Quedarse en ese signo palpable que es su imagen, tan suave, dulce y maternal, que encanta y conmueve a todos.
La prodigiosa gesta marial de la peregrina de Fátima la llevó a miles de hogares y a centenas de parroquias, colegios, hospitales, cárceles e instituciones públicas y privadas. Con su corona regia que evoca el triunfo prometido en Fátima, ostentando su corazón y presentando el rosario en sus manos, da una lección admirable de fe, de esperanza y de amor. En estos cinco años, millones “corrieron ufanos” a sus pies, para usar la expresión del poeta chinandegano. Las conversiones, los favores y las gracias han sido innumerables. ¡Están siendo!
En la parroquia de San Francisco de Bolonia, con la bendición y el apoyo de monseñor Peña y la ayuda de un comité compuesto de distinguidas damas nicaragüenses, la Peregrina congregó a sus primeros custodios y puso las semillas de la presencia en Nicaragua de lo que hoy es la Asociación Internacional de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio, presente también en otros cuarenta y cuatro países de los cinco continentes.
“Sed mensajeros del Evangelio por la intercesión del Inmaculado Corazón de María” les dijo el Papa en su audiencia del Miércoles de Ceniza de 2001. Ese mandato y esa misión ellos la van llevando a cabo a la sombra —mejor sería decir a la luz— de la Virgen Peregrina de Fátima.
Estrella de la Evangelización y heraldo del Evangelio por antonomasia, la Virgen María invita a todos, sin distinción, a ser también heraldos del Evangelio. Es decir, a que, con el testimonio de la palabra y de las obras, ser transmisores alegres de la Buena Nueva de la salvación.
* El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.