Principios de la libertad

Alfonso Argüello Argüello*

“La sociedad es en toda forma una bendición, pero el Gobierno, aún en su mejor estructura, no es más que un mal necesario y en su peor forma, un mal intolerable”.
Thomas Paine

Las doctrinas de los filósofos franceses del siglo XVIII, reunidas en el diccionario conocido como Enciclopedia, difundieron por el mundo americano las ideas esenciales de las doctrinas políticas de la época: Montesquieu, con la doctrina de la separación de poderes; Rousseau, con la soberanía popular; Voltaire y sus filósofos o amigos de la razón atacaban y demolían todas y cada una de las instituciones existentes, sobre todo la religión, proclamando su admiración por el régimen parlamentario inglés.

Fue Thomas Paine, respaldado por Washington y Jefferson, el que creó el puente por el cual el liberalismo inglés llegó a Norteamérica a partir del gran humanista escocés George Buchanan, y de la interpretación de Locke y sus numerosos discípulos para el caso en que el Gobierno abusara de la confianza del pueblo e intentase violar los derechos populares, se tenía según él mismo, el derecho a oponer la revolución de abajo.

Son estos mismos principios los que Jefferson incluyó en la “Declaration of Independence”, sin olvidar las libertades proclamadas en 1689 en la Declaración de Derechos, todos los cuales determinaron el rumbo tomado por las trece colonias en su revolución emancipadora iniciada el 4 de julio de 1776.

El Acta de Independencia de los Estados Unidos, al establecer los principios de una República nacidos de la voluntad popular de sus ciudadanos y para beneficio de los mismos, de la igualdad de todos los hombres y la existencia de derechos inalienables como la vida y la libertad, no sujetos a la esfera de poder del Estado, estaba cumpliendo y plasmando en realidad positiva el sueño clásico de los filósofos enciclopedistas, y al proclamar el derecho de rebelión en contra de cualquier forma de gobierno que tienda a destruir el objeto para que fue creado, estaba cumpliendo con una tradición de los pensadores políticos de antaño. El historiador francés Pierre Gaxotte lo resume así: “Medio siglo llevaban los círculos filosóficos reclamando novedades y su sueño se realizaba en otras tierras” (América del Norte).

Poco después, la Constitución americana que fue la primera de su clase y ejemplo para el mundo, formalista y escrita y base de todo el edificio jurídico y político de la nación, incorporó entre sus preceptos la división de poderes y la doctrina de la soberanía popular, y trascendentales novedades como el régimen presidencial electo, el sistema bicameral y sobre todo creó el Tribunal Supremo, como órgano armonizador, superior al Congreso y al Ejecutivo, garante del cumplimiento de la ley y fiel intérprete de la misma. Posteriores enmiendas (anteriores sí a la revolución francesa de 1789), incluyeron en la misma Constitución vitales libertades fundamentales, como la libertad de palabra y de prensa, la libertad de reunión, la inviolabilidad domiciliar, la libertad religiosa y el laicismo del Estado.

De inmediato, la luz de tales acontecimientos invadió el resto de América, alentando y dando ejemplo a los futuros movimientos emancipadores a los cuales servirían de modelo las nuevas formas republicanas y federativas que adoptarían en un próximo futuro, inspirando a intelectuales como Antonio Nariño, Vizcardo y Guzmán, Simón Bergaño y Villegas y al doctor Pedro Molina, entre otros, y a los redactores de la primera Constitución Centroamericana, de 1824, que adoptó la forma federativa y consignó fundamentales ideas liberales siendo algunas de ellas más avanzadas aún que las del propio modelo norteamericano.

Basta recordar lo dicho por el ilustre historiador centroamericano, don Alejandro Marure: “Washington era el hombre destinado por la Providencia para dar el primer grito de libertad en el hemisferio occidental; esta voz seductora resonó en todas las demás secciones del mundo de Colón, y el sublime ejemplo que acababa de dar el padre de los norteamericanos no podía quedar sin imitadores. El triunfo de York-Town asegurando la independencia angloamericana, fue el precursor de la emancipación general del Continente”.

Agrego también que este movimiento sirvió de lumbre para encender la tea libertaria que iluminaría el mundo con los acontecimientos de la Francia revolucionaria de 1789.

Hoy más que nunca esta gran fecha unifica América en historia y amor por la libertad y en especial a nosotros los nicaragüenses, nos obliga a una permanente gratitud, por cuanto, los acontecimientos de la década antepasada demostraron que la gran nación del norte fue capaz de dar asilo, protección y ciudadanía a quienes legalmente lo solicitaron, los que, dicho sea de paso son los sostenes económicos principales de la economía nacional actual.

* El autor es historiador, abogado y ex diputado al Parlacen.

Editorial
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