El billar crece como deporte.

El billar, deporte y arte

Una disciplina que ha sido distorsionada Joaquín Absalón Pastora,Alejandro AranaEspecial para LA [email protected] Al billar hay que verlo con mentalidad positiva. No relegarlo nunca al concepto trivial de ser el aliento pernicioso de las juventudes porque posiciones equivocadas lo han relacionado —injustamente— con la cercanía de las cantinas. Esa confusión ha proliferado principalmente en los […]

  • Una disciplina que ha sido distorsionada

Joaquín Absalón Pastora,Alejandro AranaEspecial para LA [email protected]

Al billar hay que verlo con mentalidad positiva. No relegarlo nunca al concepto trivial de ser el aliento pernicioso de las juventudes porque posiciones equivocadas lo han relacionado —injustamente— con la cercanía de las cantinas. Esa confusión ha proliferado principalmente en los barrios donde activistas de baja estofa han tomado esa sana actividad como un pretexto para ser la antesala o la reunión preliminar para cometer los delitos.

El billar tiene un origen totalmente ajeno —distinto— al de la perdición, no es eco de los ocios quejumbrosos donde la juventud hunde su criterio en el laberinto de la corrupción y del grave soslayo a las buenas costumbres. Viéndolo a través del mirador de la salubridad mental es, por el contrario, un escape constructivo, fuente movible y activa para animar a la inteligencia.

Algunos han llegado a decir: el billar no sólo es un deporte, es un arte. Y nada más cercano de la verdad que esta útil comparación.

Por un lado, llevados o confundidos por las falsas apreciaciones los padres sancionaban a sus hijos hasta con la rigurosidad de la cárcel si los encontraban practicando ese deporte en algún lugar de la zona donde vivían o más allá en las puntas violentas del barrio. Y eso porque desgraciadamente sectores perversos del hampa lo ponían a la par de la borrachera cuando lo cierto es que nunca la mentalidad del ser humano debe estar tan limpia como cuando juega ese deporte cuyo desenlace requiere de la inteligencia.

De ahí que —y lo repitamos para quedar claros de sus finalidades— que ninguna relación puede concebirse entre el consumo del alcohol y la sana práctica del billar. Son dos mundos distintos, irreconciliables. Si alguien los junta es porque tiene la cabeza llena de malos entendidos.

Recordemos como la sociedad pudiente, las clases altas ponían al billar en los principales salones de sus casas de habitación hayan sido estas modestas residencias o enfatuados palacios, todo de acuerdo con los recursos económicos de cada amante de este deporte. El billar —la elegancia de su mesa— sigue siendo lucida en la sala particular o pública de cada uno de sus adictos, en los clubs sociales, aquí en Managua el Club Internacional se vanagloriaba de ellos, en los centros recreativos o en la intimidad donde todavía se juega en estricto y solidario ambiente de familia. Lo anotado pertenece a una tradición auténtica y no a la simple conjetura, inflada de optimismo.

Aquí en Nicaragua lo han honrado el esfuerzo y la tenacidad de nicaragüenses como Francisco Taylor, ex Campeón Panamericano de la carambola a tres bandas con el récord de quince carambolas consecutivas en sólo una entrada, el Doctor Artur

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