- Al igual que en los escombros de Managua, muchas familias habitan en los viejos barcos abandonados de Bluefields
José Adán Silva ySergio León [email protected]
Desde que vino al mundo, allá en Kukra Hill, ya hace tres décadas, siempre ha estado en cercanía con el agua. Nació y creció cerca del río, jugando y pescando, pero nunca pensó que el asunto llegara a tal extremo de tener que vivir en un barco.
A Félix Rodríguez lo encontramos reparando una lancha. Camiseta sudada y martillo en mano. De eso vive desde que llegó a Bluefields, hace seis años. A veces salía a pescar en algún barco, pero dejó de hacerlo desde que la pequeña Keiling cayó al agua y escapó de ahogarse en las aguas turbias de la bahía.
Sus vecinos son las familias que ahora habitan el viejo pesquero “Don Jorge” y el “Olga M”. También lo rodea el Río San Juan y el Mosquitian.
SEIS AÑOS EN CUBIERTA
Entre ellos, verdaderos fantasmas de hierro y madera podrida, vive la familia de Félix.
Sobre la cubierta de un viejo barco camaronero que hace más de 15 años murió atracado, construyeron su casa con ripios de madera y plástico, y con la certeza única de que nunca zozobrarán. Ahí viven desde hace seis años.
Félix huyó de la pobreza de Kukra Hill en busca de mejor vida, y terminó en el puerto de Bluefields, sin más techo que las estrellas.
Un hermano de él, que vivía en los camarotes del “Mosquitian”, le recomendó un barco que con una reparadita, quedaría habitable. Antes fue a la Alcaldía a buscar un terreno, pero no le pudieron resolver nada, así que desafiaron la vetusta nave y se decidieron a construir encima de ella.
¡NIÑA AL AGUAAAAA!
Félix y su mujer, Juana Padilla, son padres de tres menores de cinco años, a los que hay cuidar y mantener casi todo el tiempo encerrados en el casco de la nave, para evitar que caigan al agua y mueran ahogados, o que se “quiebren la vida” al saltar de lancha en lancha.
“Tenemos que mantenerlos ahí adentro, por seguridad, ya se nos cayó una vez la pequeñita, la Keiling, andaba jugando y cayó por la borda y se estaba ahogando, pero miramos a tiempo y me lancé a rescatarla. Yo estaba en el ‘Don Francisco’ y desde ahí me tiré, la logramos sacar y ahora no dejamos que se acerquen a las bardas”, cuenta Félix.
Igual que ellos, otras familias sin casa aprovechan los cascos vacíos de los barcos abandonados para vivir, en espera de que algún día el piso donde tengan que habitar sea de tierra firme.