¿“Colombianización” de Nicaragua?

El presidente Enrique Bolaños dramatizó el problema de la droga en Nicaragua al decir que el país se está “colombianizando”, durante la visita que hizo la semana pasada a la Costa Atlántica acompañado por la embajadora de Estados Unidos y un diplomático del Reino Unido. “Esa posible colombianización, que ya se siente y todo mundo habla y vemos que va en incremento, pone en gran peligro a Nicaragua”, advirtió Bolaños.

Pero evidentemente lo que quería el Presidente era presionar a la diplomática norteamericana por más ayuda para combatir mejor el tránsito de la droga que precisamente va hacia Estados Unidos y Europa; y además, dio la impresión que el Presidente expresaba así su inconformidad por la ridícula donación de EE.UU. para tal lucha, de una lancha vieja reconstruida.

En realidad, decir que Nicaragua se está “colombianizando” es exagerar el asunto o desconocer la magnitud del problema colombiano. Y sin ánimo de minimizar al narcotráfico en nuestro país, hay que decir que Nicaragua es sólo un punto de tránsito de la droga, mientras que Colombia es un país que la cultiva, industrializa, empaca y exporta masivamente, en un gigantesco “negocio” que es protegido por poderosas agrupaciones armadas irregulares integradas por narco delincuentes, revolucionarios comunistas y terroristas de derecha.

La más poderosa de esas fuerzas es la FARC, que suma unos 30,000 hombres armados hasta los dientes que cometen unos treinta mil asesinatos y tres mil secuestros anualmente; y que tiene un “giro de negocios” anual de unos mil millones de dólares provenientes del tráfico de cocaína (66 por ciento), secuestros y otros delitos. Y además operan en Colombia el Ejército de Liberación Nacional, derivado de la “teología de la liberación”, y las Autodefensas Unidas de Colombia, de extrema derecha, que actúan de manera similar a las FARC y recurren al mismo negocio para financiarse.

La producción de cocaína se ha multiplicado por cuatro en los últimos 10 años, en Colombia, y de este país proceden el 80 por ciento de la cocaína y el 10 de la heroína que circula y se consume en todo el mundo.

De manera que comparado con eso es insignificante el problema de las 18 toneladas de cocaína que pasan anualmente por Nicaragua y que sólo 400 militares y 340 policías vigilan el litoral Caribe y combaten contra el narcotráfico en esa zona del país.

El problema fundamental de la droga en Nicaragua, a pesar de su insignificancia en comparación con el de Colombia, es el estrago que produce en la población nicaragüense en general y entre los jóvenes en particular. Al respecto con frecuencia se habla de que la causa principal del tráfico de drogas en Nicaragua es la pobreza que azota a gran parte de la población. Y hay quienes hasta justifican a los expendedores locales con el pretexto de que son “gente pobre” que no tiene otra manera de ganarse la vida.

Inclusive se cuestionan las acciones represivas contra el tráfico y el consumo de drogas, con el argumento de que el Estado no tiene derecho a impedir por medio de la fuerza que un individuo se drogue cuando y cuanto quiera con cocaína, crack, marihuana, alcohol, tabaco o cafeína. Semejante tesis la planteó hace algunos años en Estados Unidos el Premio Nóbel de Economía, Milton Friedman, y ha sido acogida con entusiasmo por los narco delincuentes y sus defensores en América Latina a través de algunos medios políticos y de comunicación.

Pero quien sufre en su familia el espantoso drama de tener a uno o varios de sus miembros adictos, o lo conoce por familias amigas, así como los padres que viven angustiados ante el asedio a sus hijos por parte de los narcotraficantes en los centros escolares y de entretenimiento, pueden comprender en su plena magnitud este aspecto del problema de la droga, que algunos intelectuales pretenden trivializar y que los gobernantes ni siquiera mencionan como una cuestión prioritaria en relación con el narco delito.

Está bien ayudar a Estados Unidos a impedir que la droga pase por Nicaragua rumbo al mercado norteamericano. Pero nuestras autoridades deben preocuparse ante todo por el daño que esa delincuencia hace a nuestra juventud y procurar todos los medios posibles para resolver este gravísimo problema.  

Editorial
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