Soberanía quebradiza

Douglas [email protected]

Los traficantes de drogas pueden llegar a dominar zonas de la costa caribeña de Nicaragua, tal como temen las autoridades, porque la soberanía del Estado sobre esa región es más de papel que de hechos.

El gobierno reaccionó preocupado la semana pasada ante la posibilidad de que el narcotráfico internacional aumente sus operaciones en la región caribeña nicaragüense, una extensión de 60 mil kilómetros cuadrados y sólo vigilada por unos ochocientos policías y soldados.

Aunque envíen más policías y soldados a la zona, algunas comunidades caribeñas ya tienen propensión a colaborar con los narcotraficantes, estimuladas en parte por las necesidades económicas y el abandono que padecen.

Las autoridades han exaltado la soberanía sobre la costa caribeña, cuando Honduras o Colombia han querido adueñarse de ciertos territorios, o cuando los miskitos y otras poblaciones de la zona han amenazado con separar sus comunidades del Estado de Nicaragua.

Sin embargo, los gobiernos han mostrado poco interés por darle atención social a los ciudadanos caribeños y hacer inversiones en la región. Hace falta, por ejemplo, una carretera que una a Managua con Puerto Cabezas, que no existe hasta ahora a pesar de que esta es una zona pesquera y con alto potencial turístico.

En las comunidades alejadas faltan médicos, medicinas y alimentos; y quienes más se acercan a la gente para proveerles dinero son traficantes de maderas, de animales o de drogas, que aprovechan las necesidades de esos nicaragüenses para usarlos en negocios ilícitos.

¿Quién convence a esos indígenas o campesinos que viven enmontañados, de que el gobierno les ayudará en algún momento, para que dejen de vender la madera o proteger a narcotraficantes? Difícil. Hace años esperan las obras de los gobernantes y sólo perciben promesas, en cada campaña electoral.

Por eso no debería sorprender de que pasen por la costa caribeña nicaragüense unas 18 toneladas métricas de cocaína, por año, según datos del Ejército, porque hay poblaciones allí, como la de Sandy Bay Norte, donde un puñado de droga puede ser para una familia como un premio de la lotería.

Cada día se oyen nuevas anécdotas sobre los pescadores que se lanzan en sus cayucos al mar o a las lagunas costeras, con la esperanza de “cazar” un paquete procedente de Colombia antes que un buen pez. Algunos de esos buscadores de “suerte” hasta dicen que se han topado con dinero en efectivo, bien empacado, del que transportan los traficantes para “lavarlo” en Centroamérica.

El presidente Enrique Bolaños reconoció que la poca presencia policial y militar, más la pobreza y el desempleo, le han abierto las puertas a los narcotraficantes en la región caribeña.

Allí la soberanía nicaragüense ha sido tratada más con discursos que con hechos; y lo más peligroso es que esa población vaya considerando más real y ventajosa la presencia de los narcos, que la de las instituciones del Estado, porque la Costa se podría convertir en tierra de nadie.  

Editorial
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