José Adán Silva [email protected]
El recuerdo más fresco que guardo de él, es el de una noche de fin de semana en que intempestivamente ingresó a la casa, con las manos apretándose una parte del abdomen de donde salía un chorrito de sangre. Acababa de ser herido en un pleito de pandillas.
Era a finales de los ochenta, cuando su nombre sonaba duro en los corrillos de las barriadas, se había ganado un mal respeto a punta de puñetazos, cuchilladas y uno que otro balazo.
De admirado líder de la pandilla del barrio, pasó en muy poco tiempo, a convertirse en un tenebroso vago al que ya le achacaban muertos, robos y violaciones. Para entonces ya todos le temíamos, hasta que un buen día desapareció del barrio, por muchos años.
Había violado a una muchacha de poca reputación a quien todos los vagos del barrio, y de los barrios vecinos, violaban a la hora que quisieran y donde quisieran. Pero la Policía ignoró los abundantes antecedentes sexuales de la muchacha y lo encarceló siete años.
A inicios de año me lo encontré. Se notaba más viejo, pero sostenía la misma mirada fría de antaño.
Me contó sobre su vida, de sus años en la cárcel y de todas esas cosas de la mala vida que un buen día lo llevaron a convertirse en “cristiano”.
“Mirá compadrito, ya he cambiado, de plano, ahora ando en la onda de Cristo, soy hermano…, nada de guaro, nada de droga, nada malo, lo único que no perdono es un rabito (una mujer), es que es pecado no querer a las mujeres”, dijo, casi para sí mismo, pero con una sonrisa que no reveló santidad.
Le hubiera creído su conversión cristiana, de no ser por el aliento alcohólico que despedía y por la agresividad con que conducía el taxi, mientras escuchaba una cumbia en radio Tigre.
Bajé en LA PRENSA y me despedí amablemente de él, pensando con nostalgia en mi barrio de infancia, pero preocupado por su presencia “convertida” al frente de un taxi y sobre todo por su confesión de no perdonar “a los rabitos”.
¿CÓMO CREERLES?
La semana pasada recibí una llamada de una señora, esposa de un taxista, que me reclamó por esta columna. Me llamó prejuiciado y me dijo que yo exageraba sobre el comportamiento de los taxistas. Le respondí que yo sólo he planteado algunas anécdotas reales del llamado “servicio selectivo”.
Pero lejos de lo que yo cuente, o lo que lo señora piense, hay hechos que se explican por sí mismos, y en este caso las estadísticas policiales no venden una buena imagen de los taxistas.
Según el jefe de la Dirección de Seguridad de Tránsito, comisionado Manuel Roque, el 30 por ciento del total de accidentes de tránsito en Managua fueron provocados por los taxis. Ellos provocaron 522 accidentes con un saldo de ocho muertos y 33 lesionados, durante los primeros cuatro meses del año. Eso significa, según Tránsito, un incremento del 95 por ciento de accidentes provocados por taxis con relación al mismo período del año pasado. Con estas estadísticas, ¿cómo creerle, señora?