Bismarck Quintana Salinas
Todos los veranos rogamos a fuerzas sobrenaturales y/o celestiales la llegada de los primeros aguaceros para, principalmente, mitigar la sed de nuestros cultivos y mejorar la temperatura del ambiente. Meses antes del inicio del invierno, mentalmente estamos preparados para recibir las bondades y los inconvenientes de este período húmedo del año.
Me refiero a “inconvenientes” ya que inevitablemente en Nicaragua, así como en cualquier región del mundo, hasta un simple chubasco causa problemas de acumulación y flujos de agua que con las debidas medidas de precaución no deberían pasar a ser situaciones críticas.
En estos últimos días otro período de lluvias ha comenzado a abrazar a nuestro territorio, pero pareciera que no todos nos habíamos preparado, principalmente las personas elegidas por nuestra comunidad para representarnos.
Una de las tareas de las autoridades en las regiones rurales y urbanas es establecer oportunamente las condiciones para recibir la temporada de lluvias sin mayores traumas. Es razonable que el gobierno o las alcaldías no estén preparados para fenómenos aislados que se dan sin previo aviso, pero es inaceptable que año con año la población tenga que sufrir los estragos del invierno por falta de iniciativa ¿o buena voluntad? de nuestros representantes para cumplir con las promesas de bienestar social expuestas en sus discursos políticos.