Jorge Eduardo [email protected]
La Academia Nicaragüense de la Lengua dio una cálida bienvenida al narrador más sobresaliente del país en la segunda mitad del siglo recién pasado y el principio del actual. Este mérito indiscutible, demostrado por una conciencia y un ejercicio sin paralelo en el área centroamericana, le basta a Sergio Ramírez para acreditarse su sitial en nuestra corporación.
Pero no sólo ha desplegado esta trayectoria creadora, sino también el inevitable prestigio de su figura pública, de todos conocida. Porque, como muy bien se sabe, en Sergio ha sido consubstancial la simultánea proyección de sus dos praxis: las escritura literaria y la militancia política. Escritura y militancia que, fundidas en una sola personalidad, no es posible desintegrar, pero sí deslindar. Por eso quien se incorpora a esta cofradía de lingüistas y literatos es el narrador por antonomasia que eligió ser desde los primeros años 60. Un novelista que ha cumplido, con destreza inusual, sus metas propuestas y un consumado cuentista maestro. Aún más: otras facetas destacan en su carrera y gestión culturales.
Con el riesgo de olvidar algunas, me refiero al fundador y mentor del grupo y revista Ventana; al gestor de Educa, que hizo posible una comunicación editorial a nivel centroamericano; al intérprete sociológico del proceso cultural de nuestros balcanizados países, logro que superó los reduccionismos dependentistas de moda; al compilador, difusor y estudioso del corpus documental, acciones e ideas del Muchacho de Niquinohomo; al antólogo e investigador del cuento centroamericano y de su clásico el salvadoreño Salarrué; al coordinador de La Prensa Literaria, dirigida por Pablo Antonio Cuadra, al fundador de esa realización masiva que fue la Nueva Nicaragua; al ensayista que ha reflexionado sobre su doble experiencia vital (“la literatura y la política en Nicaragua —ha declarado— son hermanas siamesas”); en fin, al pensador orgánico y organizado que se encuentra en la cima de su existencia.
A Sergio, pues, le protege un armazón inexpugnable: el oficio literario, al que se ha entregado apasionadamente —incluyendo las horas que Tulita, su mujer, inventó para ejercerlo cuando era gobernante— y —es necesario subrayarlo— con mucha imaginación. Y ese oficio le ha producido muchas alegrías y satisfacciones. Veamos las imprescindibles: el Premio Latinoamericano de Cuento de la revista Imagen, también de Caracas, por su libro “De tropeles y tropelías” (1973), una colección de fábulas que combinan la ironía furiosa y la gracia sutil; la categoría de finalista que mereció su novela “¿Te dio miedo la sangre? “(1978) dentro del quinquenal Premio Latinoamericano Rómulo Gallegos; el Dashie Hammett en 1990 que recibió su novela “Castigo divino” (1988), llevada a la televisión colombiana; el Laure Bataillon al mejor libro extranjero en Francia que recibió su otra novela, la más entrañable suya: “Un baile de máscaras” (1995); el Internacional de Novela Alfaguara, otorgado en Madrid por un jurado que presidió Carlos Fuentes a su “Margarita, está linda la mar”; y uno más reciente, el Latinoamericano de Novela José María Arguedas, obtenido por esa misma novela en La Habana.
Su hoja de vida incluye otros títulos muy conocidos. Mas resultaba superfluo comentarlos en la memorable ocasión que me correspondió el honor de contestar su discurso de ingreso a la Casa aristósofa que presido, a la cual Sergio dará más brillo y esplendor. Aludo a “Cuentos” (1963), “Nuevos cuentos” (1969), y “Tiempos de fulgor” (1970), su despunte novelístico. A estas tres obras siguieron no pocas más en las décadas siguientes. Unas consistieron en selecciones de cuentos, como “Charles atlas también muere” (1976), otro texto antológico cuya primicia nos había cedido especialmente —a Gladis Miranda y a mí— para nuestro boletín literario El Güegüense (Núm. 1, febrero, 1971). Este año apareció su acabada biografía de Mariano Fiallos Gil, clave para comprender el entorno histórico de su decisiva formación, lo mismo que la impronta magisterial que le marcó aquel humanista beligerante. De todos sus ensayos, éste es el que personalmente prefiero, en parte porque ofrece pistas para seguir el desarrollo político, intelectual y narrativo del “Muchacho de Masatepe”, como lo llamó en una modesta semblanza Fernando Centeno Zapata. Por ejemplo, la concepción de “Castigo divino” ya está prefigurada, definida en la página 31 de ese libro esclarecedor.
Otras listas de libros y folletos suyos pueden consultarse en la Nicaraguan National Bibliography/1800-1978 que suma 19 entradas, en la Bibliografía Nacional Nicaragüense/1979-1989 con 35 entradas y en las subsiguientes que edita la Biblioteca Nacional “Rubén Darío”. Ineludibles, entre ellas, son el excelente cuentario “Clave de sol” (1992), donde figura “Juego Perfecto” —literalmente, un cuento perfecto, como el que le inspiraría más tarde Pedro Selva—; la colección de ensayos “Oficios compartidos” (1994), el prólogo a la edición conmemorativa del 98, de “España contemporánea” (1998) de Rubén Darío y otro, más extenso y afín a su naturaleza de narrador, a la edición crítica de “Mulata detal” (2001), la famosa novela de Miguel Angel Asturias, publicada en la colección Archives de París.
Igualmente ineludibles son sus recientes títulos: el “Retrato de familia con violín” (1997), una breve memoria de sus antecesores filarmónicos; “Adiós muchachos” (1999), testimonio personal, crítico y desgarrador, mesurado y objetivo que se estructura y se lee como una amenísima novela; “Mentiras verdaderas” (2001), conferencias sobre la creación literaria dictadas en la cátedra “Julio Cortázar” de la Universidad de Guadalajara; “Catalina y Catalina” (2001); otro cuentario del taller Ramírez Mercado; y “Sombras nada más” (2002), su sexta novela. En ellas, Sergio despliega sus veteranas virtudes de narrador: lengua propia, temática singular, intensidades rítmicas y verosimilitud llevada a lo fantástico.
Este es el hombre que ocupará la silla “G” de la Academia, heredándola de Pablo Antonio Cuadra, maestro literario cuyo ejemplo de trabajo, actividad promocional y autoridad moral, rigor y amor por la perfección le sirvieron —como a pocos de su generación— en sus inicios de escritor, como lo reveló a raíz de la desaparición física de aquel patriante, a quien Sergio ha llamado “El Maestro de Tarca”.
El autor es presidente de la Academia Nicaragüense de la Lengua. (Resumen de su discurso de recibimiento de Sergio Ramírez en la Academia Nicaragüense de la Lengua, el 16 de mayo de 2003).