Viendo hacia Colombia

Marcela Sánchez Hace tres años Washington cambió radicalmente su enfoque en Colombia. Lo hizo cuando abandonó su obsesión antidrogas del pasado para formar una estrategia más integral que reconocía las consecuencias de las luchas internas de Colombia más allá de su impacto en el flujo de cocaína y heroína a Estados Unidos. Curiosamente esta visión […]

Marcela Sánchez

Hace tres años Washington cambió radicalmente su enfoque en Colombia. Lo hizo cuando abandonó su obsesión antidrogas del pasado para formar una estrategia más integral que reconocía las consecuencias de las luchas internas de Colombia más allá de su impacto en el flujo de cocaína y heroína a Estados Unidos.

Curiosamente esta visión más amplia está empezando a mostrar avances específicos en la lucha contra las drogas. El año pasado los cultivos de coca en Colombia se redujeron en por lo menos un 15 por ciento y los cultivos de amapola disminuyeron una cuarta parte, según cifras estadounidenses.

Pero aumentos en países vecinos –un 28 por ciento en cultivos de coca en Bolivia y 8 por ciento en Perú el año pasado– ya están contrarrestando dichos logros. Y aunque las cifras de consumo ilícito de drogas en el 2002 todavía no han salido, lo más probable es que revelen una continuación en el constante aumento de la última década.

Si bien es arriesgado citar estadísticas para ofrecer argumentos, ellas parecen indicar las desventajas de la estricta fijación de Washington en reducir la oferta de drogas. Este enfoque ha llevado a verter en la región andina por más de 13 años miles de millones de dólares especialmente en ayuda militar y policial para erradicar cultivos e interceptar el tráfico de drogas. Como en la guerra contra el terrorismo de hoy, Washington ha buscado sofocar actividades ilegales en el exterior, para mantener a los estadounidenses más seguros –en este caso, libres de droga–. Pero eso no ha sucedido.

Lo que se necesita es continuar y extender los éxitos vistos en Colombia. Se requiere una visión más amplia para la región que convierta la erradicación e interdicción no en fines en sí mismos sino en beneficios que resultan de la resolución de problemas sociales y económicos más generales.

Bajo el Plan Colombia, el apoyo de Estados Unidos se extendió para que lograra también aumentar la seguridad en el país andino y llevar presencia y beneficios gubernamentales a regiones remotas e inestables. Washington destinó ayuda a un plan de cuatro partes consistente en reactivar la economía, fortalecer la democracia, combatir el tráfico de drogas y alcanzar el fin en un conflicto civil de casi cuatro décadas. Para el 2000, Colombia pasó a ser el tercer receptor de ayuda estadounidense en el mundo.

Pero poco cambió para los otros principales productores de coca en los Andes, Bolivia y Perú. Para ellos, la política de Estados Unidos ha permanecido estancada como un autómata que continúa presionándolos por una reducción de la oferta de drogas en medio de un ambiente social y económico cada vez más difícil. Los precios de cultivos alternativos están en su nivel más bajo de la historia, mientras que los precios de la hoja de coca están a su nivel más alto, lo que hace que para los campesinos andinos las opciones sean escasamente una alternativa.

Funcionarios en Bolivia y Perú también están preocupados acerca de una potencial inestabilidad a medida que sus débiles gobiernos enfrentan emergente oposición popular. Especialmente encuentran cada vez más difícil cumplir las metas de erradicación de Estados Unidos que están en clara contradicción con las demandas de cocaleros políticamente más poderosos y, según los funcionarios, con las de los propios narcotraficantes que astutamente se esconden detrás de ellos.

Adicionalmente, dicen que la guerra antidrogas crea el llamado “efecto globo” en que la presión en un área del tráfico de drogas causa abombamiento, o expansión, en otra. Las hectáreas erradicadas en una región son rápidamente reemplazadas en otros lugares. Los éxitos de interdicción en el aire llevan a la apertura de nuevas rutas terrestres o acuáticas y así sucesivamente.

Hay que reconocer que más asistencia financiera no es suficiente si simplemente avanza un enfoque ya estrecho de erradicación e interdicción. Además líderes regionales deben recordar que la transición de Washington a una visión más amplia hacia Colombia hace tres años se debió a que los colombianos mismos presentaron su propio plan integral. Ahora le corresponde a esos líderes andinos desarrollar un plan sub- regional, dentro del mismo estilo de cooperación que exhibieron recientemente para lograr que Washington extendiera y expandiera preferencias arancelarias.

washingtonpost.com  

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