Cadetes al volante

José Adán Silva [email protected] Me asombró su juventud casi infantil, y su voz de altibajos sonidos guturales de plena adolescencia, cuando me dijo: “Te llevo en 15 varitas campeón”. El hecho de verlo con acné, gorrita de los Dodgers y escuchando música Rap me levantó la sospecha de que el viaje desde la Colonia Centroamérica […]

José Adán Silva [email protected]

Me asombró su juventud casi infantil, y su voz de altibajos sonidos guturales de plena adolescencia, cuando me dijo: “Te llevo en 15 varitas campeón”. El hecho de verlo con acné, gorrita de los Dodgers y escuchando música Rap me levantó la sospecha de que el viaje desde la Colonia Centroamérica a Carretera Norte, sería una de esas carreras en las que hasta el más ateo se persigna y baja algún Santo conocido de la corte celestial.

No había vuelta de hoja. Me subí y me acomodé el cinturón de seguridad, tratando de tranquilizarme con la idea sugestiva de que quizás el chavalo conducía bien. ¡Qué va! Desde que arrancó comenzó el suplicio.

Lo primero que hizo fue subirle el volumen al radio y aventajar a cuanto prójimo se le pusiera enfrente. “¿A qué hora hijo de p..?”, les gritó a no menos de cinco colegas suyos que osaron atrasarse un segundo en el semáforo de turno, y no respetó ni al vende agua helada, que de un brinco y con la palabrota en la boca, le mencionó a la progenitora al taxista que casi se lo pasa llevando.

No cesó de tocar la bocina del vehículo en todo el camino; lanzó tres o cuatro piropos obscenos a algunas colegialas que tuvieron la mala suerte de encontrase en su camino, y no paró de hablar del carro deportivo del cuñado. Hizo todas las malas maniobras habidas y por haber, saltando sobre los hoyos y policías acostados de Managua.

Ya casi al llegar a mi destino le pregunté a gritos (porque la música de Eminen no le permitía oír) de quién era el carro.

La respuesta ya me la esperaba: “De un bróder de mi papa, es que soy cadete”. El adolescente era miembro de esa nueva generación de aspirantes a taxistas que, en muchos casos, no respetan a nadie en las calles.

Después de varios días de preguntas sin respuesta, me encontré por fin con alguien que sí sabía de dónde provenía el término “cadete”. Era un amable abuelo de guayabera amarilla y pelo engomado, que manejaba un carrito Toyota de los años setenta.

“Les dicen ‘cadetes’ porque son como los ‘cadetes’ de la Guardia Nacional”. Y así me lo explicó: Porque son aspirantes a la categoría de taxistas profesionales, y para llegar a ese rango, deben demostrar el coraje y la astucia para ganarse el respeto de los mayores y la confianza de quien les prestará el carro para que comiencen a trabajar.

“Era igual que en la Guardia de antes, cuando los pelones tenían que demostrarle el jefe que podían matar a cualquiera a sangre fría para ganarse el respeto”, me narró.

Sé que no todos los “cadetes” se comportan como el joven rapero, y que no todos los ex guardias de la academia eran asesinos sin escrúpulos, pero no me quedó la menor duda de que jamás, en ninguna otra parte del planeta, alguien hubiera sido capaz de encontrar un término más exacto para describir la realidad del taxista de acné y música rap, que la palabra “cadete”.  

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