¿Valió la pena el proyecto Slilmalila?

Franklin Bordas Lowery

Podría comenzar diciendo que si tuviste la oportunidad de conocer “Slilmalila”, jamás olvidarás la Costa Atlántica. Como corazón del Proyecto Forestal del Noreste, este pueblito del Atlántico Norte se constituyó en laboratorio del proyecto forestal más importante de todos los tiempos, implementado en Nicaragua.

Respondiendo a alguna visión profética en 1959, nadando en contra de la corriente desforestadora de la época —“cuando los bosques sólo eran útiles talándolos”—, el gobierno, aunque usted no lo crea, hace 44 años dio inicio a un programa de repoblación forestal que abarcaba un área de 128 mil hectáreas de pino al norte del río Wawa, que incluso hoy resulta un proyecto audaz y una gran lección por su tamaño e impacto.

Los “gurúes” —visionarios— del proyecto proyectaron una fábrica de pasta de madera del pinus caribaea, con un potencial de producción de 2.5 millones de toneladas métricas al año de madera para pasta verde, que podría producir 600 mil toneladas de pasta de fibra larga sin blanquear, con un valor superior a los 70 millones de dólares. Los estudios de recursos agrícolas y forestales del Noreste de Nicaragua realizados por expertos de FAO en 1969, indicaron que las masas adultas de pino existentes contenían madera comercial suficiente para abastecer 11 años, una fábrica de pasta produciendo 100 mil toneladas de pasta sin blanquear anualmente.

Durante dos décadas se libró una de las mejores batallas forestales en nuestro país, teniendo como escenario el noreste de la Costa Atlántica que —aunque para muchos desapercibida– la valoración de resultados en 1980 declaraba el establecimiento de la regeneración natural, en casi 220 mil hectáreas de pino. El objetivo de la restauración de los bosques de la región se estaba cumpliendo en general. Hasta 1972 la meta era ordenar y proteger contra incendios 245 mil hectáreas que implicó esfuerzos titánicos de una organización operativa y presupuestaria.

Cuando la idea del proyecto empezó su marcha en los sesenta, ya la más importante empresa maderera norteamericana subsidiaria de la Standard Fruit, la Bragman’s Bluff Lumber Company, había levantado vuelo, después de sobre explotar una concesión de 32 mil hectáreas y haber embarcado aproximadamente 300 millones de pies tablares hacia los Estados Unidos, mientras que la Nicaragua Long Leaf Pine Lumber (NIPCO) la sucedía con similar volumen de operaciones, para cuatro años después cerrar estrepitosamente. Contrario a los que se dice de las explotadoras transnacionales, NIPCO, junto con “especialistas de FAO que visitaron la zona en 1950, fueron los que primeramente destacaron la necesidad de contar con un programa de repoblación forestal”. (Estudios de los Recursos Forestales y Agrícolas del Noreste Tomo III FAO).

Pudo ser que el pánico a quedar sin bosques cuando las empresas concesionarias se marcharan, y a que se generaran conflictos inmanejables en la Costa Atlántica, fuera una de las razones consideradas para dar vida al proyecto; aunque la realidad es que la estrategia adquirió una vigencia extraordinaria hasta causar impacto en nuestro tiempo, “ya que aún con la exagerada explotación forestal de la época, no tenemos desiertos en la RAAN”, explicaba un conocido forestal costeño. Fue el Instituto de Fomento Nacional (Infonac), el administrador del proyecto que luego se convirtió en el Proyecto Forestal del Noreste (PFNE), con financiamiento de las Naciones Unidas.

Inventarios, ordenamiento forestal, desarrollo de viveros, manejo de bosque natural, estudios de sistemas agroforestales y silvopastoriles, plantaciones, control de regeneración, insectos y plagas, fertilización, prevención y combate de incendios, recolección de semillas, investigación, genética, mercadeo, finanzas, industria forestal… ¿Dónde quedó esa información tan costosa y tan valiosa para la historia forestal de Nicaragua?

Sólo la fase preindustrial del proyecto 1980-1984 presupuestaba la suma de 13.5 millones de dólares buscando el respaldo financiero del BID, el que finalmente se obtuvo, hasta que el proyecto fue afectado por la guerra y virtualmente destruido. ¿Por qué no capitalizar esa memoria histórica y desarrollar proyectos forestales de impacto en la economía nacional?

¿Qué se ha sacado de estas experiencias con los bosques de pinares de lo podríamos llamar la universidad forestal del noreste? Casi cincuenta años después se encuentran lecciones técnicamente importantes y tan valederas en ese proyecto, que no se les debe olvidar. Las universidades, organizaciones forestales empresas del sector privado y el gobierno deberían nutrirse de ese caudal de información. ¿Slilmalila valió la pena? Definitivamente, sí.

El autor es consultor de inversiones forestales.  

Editorial
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