Luis Sánchez [email protected]
-Ideay, panida, no ha publicado nada últimamente—, reclamé al poeta amigo, al encontrarlo por allí, un día de tantos.
—Es que no me han favorecido las Musas, poeta—, me respondió el bardo amigo, con el rostro compungido y la voz casi como un sollozo.
¡Qué bonito! Aún de modo figurado, los poetas de hoy esperan que las Musas los inspiren, igual que los griegos de la antigüedad.
Las Musas, en la mitología griega, personifican el don de la poesía, el canto y la música, y protegen las diversas formas del arte. Son nueve estas deidades, hijas de Zeus y Mnemosina (Memoria), la diosa que enseñó a los hombres a razonar y dar su nombre a cada cosa.
Las Musas conviven con Apolo en el monte Parnaso, en cuyas faldas está la Fuente Castalia, y en su cima, llamada la Fócida, se refugiaron Deucalión, el hijo de Prometeo, y Pirra, su esposa, para salvarse del diluvio universal que exterminó al género humano y después repoblar la Tierra. Ellas cantan bellas canciones en las fiestas de los dioses, y cantaron dolorosos lamentos en el funeral de Ulises.
Clío (“la que ensalza”), es la Musa de la historia y sus atributos son el laurel y un libro abierto; Euterpe (“la que alegra”), la de la música, con la flauta y una corona de flores como atributos; Terpsícore (“la que baila”), de la danza, con la lira y una guirnalda; Talía (“la que florece”), Musa de la comedia, simbolizada con una careta y una corona de hiedra; Erato (“la adorable”), Musa de la poesía de amor, que porta una corona de mirto y rosas, un laúd y dos tórtolas; Melpómene (“la que canta”), Musa de la tragedia, sus atributos son un cetro, una máscara y un puñal; Urania (“la celestial”), Musa de la astronomía, con un globo terráqueo, un compás y las estrellas que forman su corona; Polimnia (“la de los himnos excelsos”), Musa de los cantos sagrados y los himnos, con el veste (vestido vestal) blanco y el cetro; y Calíope (“la de la dulce voz”), Musa de la poesía épica, cuyos atributos son el laurel y una trompeta.
Pero no sólo para los poetas y demás cultores de las bellas artes son las Musas. En general todas las personas que trabajan con el intelecto las invocan, y los hombres que aman suelen decirle Musa a la mujer amada (“La mejor Musa es la de carne y hueso”, dice Rubén Darío en “El canto errante”).
“Padre de las Musas”, llamaban a Lorenzo (El Magnífico) de Médicis (1449-1492), en la época del Renacimiento, pues el ilustre florentino no sólo fue jefe de la República de Florencia sino también un entusiasta protector de las artes y las letras.
“La décima Musa”, se le puso por sobrenombre a sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), la célebre religiosa y poetisa española, por la galanura con que manejaba la versificación.
El mismo sobrenombre (“décima Musa”) dieron también los franceses a la exquisita poetisa Antonieta Deshoulieres (1638-1694), de quien se dice que alternaba con los hombres de letras más famosos de su época y se distinguía por su extraordinaria hermosura y la facilidad con que exhibía sus encantos y prodigaba sus caricias.
De Musa derivó museo (museion, en griego), el lugar dedicado a las Musas; y música (musikos), que originalmente significó “poético”.