Joaquín Absalón Pastora
Los jurados de conciencia vuelven a la tarima opinante. Unos optan por la supresión. Otros porque la ley sea revisada.
Respaldo el criterio de la doctora Alba Luz Ramos, presidenta de la Corte Suprema de Justicia, quien ad-literam expresó: “En las actuales circunstancias de Nicaragua los jurados de conciencia no deberían existir por los problemas sociales, económicos, culturales y educativos que afectan a la población nicaragüense”.
Si es necesario que sigan con vida para darle validez al sistema democrático y la sociedad tenga un poder donde pronunciarse debe ser a base de cancelar las facultades de absolver o de condenar. El examen podría situarlos en la posición de hacer recomendaciones al juez (tesis del doctor William Frech), por ejemplo en el ámbito de la pena en proporción al delito cometido. La fundamentación para abrazar climas tan desbordantes, nace de la conciencia de cada uno de los partícipe del cónclave deliberatorio. ¿Qué tipo de conciencia? ¿Primitivista? ¿Reflexiva? ¿Objetiva o subjetiva?
Cuando a un criminal mejor conocido como “El Chacal de Tacaniste” se le condujo a la sala, una de las integrantes del jurado, fulminada por los atuendos físicos del acusado, dijo que lo había visto guapo. Y le puso “bola blanca”.
La conciencia ordena o prohíbe. Sea “clara, oscura, dudosa o errónea”.
Hay otros casos —son los minoritarios— en que es altamente moral e individualmente firme, considerada para secundar el pensamiento de Bernes como “la propiedad que el espíritu humano tiene de sentir el valor moral y de hacer explícito este sentimiento en los juicios normativos”. Esto en teoría. Para desgracia de tanta esplendidez inductiva, la práctica arroja resultados espeluznantes, uno de los cuales —ampliamente comentado— ha sido la sentencia que absuelve al pistolero que asaltó a LA PRENSA. Se puso vidrio alcohólico en los ojos y ese fue el atenuante.
Permítaseme contar las dos únicas experiencias que tuve como jurado en los años sesenta-setenta. La primera: Un ganadero es acusado de matar a un colega suyo por no haberle pagado una deuda. El abogado defensor del asesino es el Dr.Orlando Montenegro Medrano, hombre de holgada posición política durante el somocismo. Carlos Flores Cuadra me recibe con esta frase al oído: —¿Ya te diste cuenta cuál es la consigna? —No, no sé. —Sacar al reo defendido por Orlando. Visto el expediente. Oídos los alegatos, la mía fue una íngrima bola negra. Conté los asteriscos en un artículo para LA PRENSA. La amistad con Montenegro, a quien llamábamos “volcán tronante” quedó sepultada para siempre.
El otro caso, el jurado más sonado de aquella época. Tres días de duración con sus respectivas noches. Para defender a unos siete guerrilleros del Frente Sandinista se juntaron billantes juristas: Aquiles Centeno Pérez, Manolo Morales, Melvin Wallace, William Frech, Luis Andara Úbeda, Tito Castillo, Ricardo Gómez Marenco. Los acusados eran Carlos Alberto Siria Baca, Doris Tijerino, Lenín Cerna, Julián Roque, Rodolfo Antonio Huerta y otros más. Del grupo sólo dos salieron condenados por una acusación criminal.
Al absolver a la mayoría la percepción vio al idealista, al perseguido, al luchador por la Patria, mientras la misma íntima entidad veía a Somoza como el villano en el sangrante drama nicaragüense.
Conocido el posterior cuadro político y social del país, la decisión, ¿estuvo bien o estuvo mal? Era la intuición del espíritu, el dictamen del alma. Al día siguiente, Somoza, dominado por la ira, excluyó de la lista de jurados a todos los que incurrimos en el veredicto señalado.
Por tanta experiencia negativa en el sistema, ¡venga la supresión o un profundo repaso de esa ley!
El autor es periodista.