Si tus cosas se las lleva el río…

Hortensia Rivas Zeledón

Cuando los sandinistas mandaron en Nicaragua lo hicieron con arrogancia, en forma totalitaria y con mano muy dura.

Con gran menosprecio a la capacidad y experiencia de los profesionales, los comandantes de la revolución decían a una sola voz que valía mil veces más un guerrillero que un profesional, porque el primero había sido capaz de tomar las armas y el segundo no. Para aplastar la disidencia decían: “Todo dentro de la revolución, somos sandinistas palante, palante, y al que no le guste que aguante, que aguante”.

En los años ochenta centenares de miles de nicaragüenses se fueron al exilio cansados de los abusos y arbitrariedades del régimen sandinista, y los que quedaron aquí para luchar y cambiar las cosas, lo hicieron con la ilusión de un cambio radical y verdadero. Pero primero el contubernio y después el pacto libero-sandinista de Alemán y Ortega mediatizaron la democratización del país.

Cuando el pueblo los derrotó electoralmente el 25 de febrero de 1990, amenazaron con ensangrentar todo el país si no se les respetaban sus “conquistas” y mientras gritaban que iban a gobernar desde abajo, en la Asamblea Nacional aprobaron las leyes 85, 86 y 88 conocidas como leyes de la piñata sandinista, para legalizar el más grande atraco a los bienes del Estado. Y así, de socialistas de bolsillos rotos pasaron a ser nuevos ricos con muchos millones de dólares aquí y en el extranjero; en cambio Nicaragua se convirtió en un país menesteroso cuyos habitantes, aún los que no han nacido, están obligados a pagar la inmensa deuda producto del robo, las quiebras de los bancos y los desaciertos de los sandinistas.

Desde que perdieron el poder hasta hoy, ellos no han hecho absolutamente nada por demostrar que han cambiado. Por el contrario, cada vez que quieren imponer sus planes hacen uso de sus tácticas y procedimientos. Según el caso, hacen asonadas, se toman ciudades y poblados, asaltan bancos, secuestran a productores y a políticos no sandinistas (20 de agosto 1993) y hacen plantones rurales y urbanos.

Lo más preocupante de todo esto es que los demócratas, en una actitud laxa, temerosa y complaciente, les han abierto los brazos a los “hermanos” sandinistas, y éstos, como buenos revolucionarios que manejan muy bien la teoría y la táctica, con gran habilidad tratan de vanguardizar todo el quehacer nacional y para eso practican el entrismo o infiltración en las instituciones, en las organizaciones y en los medios de comunicación, y desde adentro tratan de dirigir, inducir y manipular el pensamiento y la opinión de los demás, al mismo tiempo que están agazapados esperando el momento de volver al poder.

A pesar de que los sandinistas no han renunciado a su ideología totalitaria, ni han roto sus lazos con los regímenes comunitas, terroristas y autoritarios, hay quienes les hacen el juego desde posiciones democráticas y pretenden presentarlos como una organización moderna que no representa ya ningún peligro, porque dicen que ya no hay contradicción entre derecha e izquierda.

Si por todo esto, los sandinistas vuelven al poder después no se lamenten, pues aquí cabe muy bien el viejo proverbio alemán que dice: “Si tus cosas se las lleva el río no le eches la culpa a las aguas, si no a ti, que las has dejado mal puestas”.

La autora es directiva del Partido Conservador.  

Editorial
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