Las turbas de José Antonio Alvarado

León Núñ[email protected]

Al día siguiente que renuncié al cargo de convencional del PLC me llamó por teléfono el doctor José Antonio Alvarado invitándome a ingresar a las filas del recién formado Partido Liberal Demócrata (PLD). A mí me extrañó esa llamada telefónica porque antes, cuando el doctor Alvarado era miembro del gobierno del doctor Alemán —en diferentes carteras ministeriales— jamás me volvió a ver ni de reojo.

Sin embargo, yo le contesté que le agradecía su invitación, pero que había jurado dos cosas: no volver a ser funcionario público ni volver a militar en partido político alguno; que yo era simplemente un liberal sin partido y sin aspiraciones burocráticas.

Un día de tantos, para sorpresa mía, don José Antonio me visitó en mi oficina, en Managua; me habló de sus planes políticos y de su interés en ir conociendo mis opiniones sobre el acontecer político nacional. Me pidió que lo acompañara a algunas pequeñas reuniones que él pensaba organizar semanalmente para reflexionar sobre la situación política de Nicaragua.

Posteriormente el doctor Alvarado me visitó en mi casa de habitación en Acoyapa exactamente el día en que los analistas políticos de Acoyapa y yo atendíamos a Eduardo Montealegre. El doctor Alvarado volvió a insistir en mi afiliación al PLD y yo volví a insistir en mi negativa.

Después que don José Antonio se fue de mi casa —siguiendo la costumbre nicaragüense de hablar del que se ha ido— alguien preguntó sobre lo que le pasaba al doctor Alvarado; que le había observado un semblante de tristeza. “Él vive triste —dijo uno de los analistas—, por la pobreza de Nicaragua”. Otro expresó que efectivamente había notado en la mirada de don José Antonio una enorme preocupación, una gran angustia por la pobreza de este país, y uno de los presentes, frente a algunos gestos de incredulidad y como para confirmar que era cierta la tristeza de don José Antonio, nos contó que un día había visto al doctor Alvarado con los ojos anegados de lágrimas en el preciso instante en que les hablaba a varios liberales de San Miguelito de lo mucho que podía hacer por los pobres de Nicaragua si fuera Presidente de la República.

Todos estos testimonios que son una prueba conmovedora del amor que don José Antonio siente por los pobres me impulsaron, no a afiliarme al PLD, pero sí a aceptar la invitación a las reuniones semanales de las que antes me había hablado, reuniones que se celebraban en casa del poeta Francisco de Asís Fernández y a las que solíamos asistir más o menos diez personas. Se trataba de reuniones en las que todos los que asistíamos estábamos de acuerdo en aportar ideas, en contribuir al diseño de alguna estrategia que hiciera posible que don José Antonio llegara a formar parte del gobierno del ingeniero Bolaños.

Decía el doctor Alvarado que para conseguir un ministerio había que trabajar sólo el flanco de don Enrique, porque el otro flanco, el de doña Lila T. ya había sido penetrado; que estaba bajo el control de una persona de su más absoluta confianza. Era la primera vez que escuchaba la “teoría política de los flancos”; una teoría que me hizo pensar, equivocado o no, en lo que militarmente se conoce como “operación tenaza”. Recuerdo que a la salida de una de esas reuniones don José Antonio me pidió, en uno de esos ataques de desesperación que antes le agarraban por ser ministro, que yo le mandara a don Enrique un correo electrónico para manifestarle lo conveniente que sería para Nicaragua, y por ende para el gobierno, que el doctor Alvarado fuera nombrado Ministro de Educación.

Quiero hacer hincapié en que mis “contactos” con el doctor Alvarado no se circunscribían solamente a las reuniones en casa del poeta Fernández, sino a otros “encuentros” que se realizaban en lo que él llamaba el “bajo” (vaho) del Bautista. También estuve con él en varios “almuerzos laborales”, entre ellos uno que se llevó a cabo en el hotel Alhambra de Granada y al que asistió el ingeniero Bolaños. A decir verdad, ante la insistencia de don José Antonio, me hice presente en ese almuerzo, consciente de que mi presencia consistía en “hacer bulto”.

De regreso a Managua me vino el pensamiento de que yo formaba parte de “las turbas de José Antonio”, aunque se trataba de turbas que no eran violentas, agresivas ni vociferantes, sino de turbas que eran “sombras nada más”, como diría Sergio Ramírez, pero que podían ser percibidas por don Enrique como elementos importantes del apoyo político que tenía el doctor Alvarado. Es importante señalar que desde el punto de vista de la sociología lingüística el concepto de “turba” es más amplio que la definición que nos da el diccionario, de tal manera que es correcto decir que todo aquél que asiste a cualquier evento político a “hacer bulto” forma parte de una turba.

Ahora que don José Antonio es ministro de Salud se me volvió inaccesible. Es lo que siempre sucede en Nicaragua. Dicen que trabaja todo el día; que no duerme. Que ahora, además de triste se le ve ojeroso y somnoliento. Todo un sacrificio por llevar salud a los nicaragüenses. Por esta razón le disculpo su inaccesibilidad, y porque creo que don José Antonio sería un excelente Presidente de la República —tiene grandes posibilidades de llegar a serlo— me preocupa su salud. Dios ha de querer que antes de tiempo no llegue a “morir tísico” de tanto trabajar.

El autor es abogado y escritor.  

Editorial
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