Marco Valle [email protected]
Si existe algo que de Nicaragua le gusta a los extranjeros es la hospitalidad, además de sus condiciones naturales; casi a flor de labios se escuchan expresiones favorables a la amabilidad, atención y calor que los extranjeros sienten tanto fuera como dentro del hogar nicaragüense. Claro que existen sus excepciones (delincuencia, violencia intrafamiliar, etc.), pero aquí expreso la tendencia, no lo minoritario.
Tanto en el siglo XIX como en el XX se escribió sobre esa cualidad nicaragüense. Sólo hay que recordar las referencias acerca de cómo el nica, sin pensarlo mucho, abre su casa a los invitados y, cuando menos se piensa ya están conversando en la cocina o en los dormitorios o en la sala familiar. De igual manera, en este país, como norma general, no se avisa que se llegará a visitar o a consultarle algo al amigo o amiga, sino que se llega a la casa y, se pregunta si está o no, y adelante.
A pesar que en ese mundo de las relaciones informales (amistades, vecinos, familiares, trato a extranjeros) se experimenta un ambiente tendencialmente no (o poco) violento, la imagen que expele el país es de violencia. Como ejemplo, algunos especialistas en turismo que han visitado Nicaragua este año, declararon que venían con una imagen de país violento, la que cambió una vez trabajaron por estos lados.
Sobre este punto, en la columna del ocho de enero pasado, afirmamé que la imagen de país violento la ha dado la política partidaria, pero de allí no hay que generalizar que el y la nicaragüense sean violentos; también decía que si se excluye esa parte y se aprecia la vida cotidiana del nicaragüense, se ve que la violencia aparece intermitentemente y con bajos niveles de peligrosidad, comparada con otros países.
Hoy sigo creyendo lo mismo, y me refiero a la violencia no necesariamente física, sino también a la verbal e institucional. Dado que se acercan las elecciones municipales y se calientan motores para las presidenciales, el asunto político partidario está empezando nuevamente a elevar el nivel de las tensiones y expresiones, lo que anticipa el agrietamiento de lo que se ha avanzado en mejorar la imagen del país. Ya se aprecian posiciones irreconciliables que parece arreciarán más temprano que tarde, cuestión que se pondrá mucho más ácida conforme se definan los partidos que participarán en las elecciones y los candidatos o candidatas de los diversos partidos.
Es claro que el conflicto ( y cierto nivel de violencia) es un elemento intrínseco a las colectividades humanas, y lo es más en una Nicaragua en búsqueda de construir su sistema político democrático donde las agitadas diferencias de verdades, visiones de las cosas, opiniones, proyectos, deseos e ideas son parte indisoluble de esa obra. Es decir, el conflicto es una realidad y en sí no es dañino, más de lo que se trata es, administrarlo eficaz y eficientemente para que sus resultados sean positivos y constructivos para la nación.
Ojalá se pudiera trasladar a la arena política partidaria, algo del espíritu que el nicaragüense tiene en las relaciones informales que hace que el extranjero se sienta bien. De lo contrario, el país y su imagen se seguirán devaluado acompañado de los respectivos efectos negativos para el desarrollo.
El autor es consultor en seguridad ciudadana.