Ary Neil [email protected]
Fue llevado de un juez a otro y por más que lo acusaron de varios delitos, sus detractores no pudieron comprobar los señalamientos que le hicieron. Lo humillaron y lo torturaron en público; se burlaron de él, le escupieron a la cara. Una multitud enardecida lo seguía por doquier y los dirigentes de la Iglesia de entonces pidieron su cabeza.
Quienes tuvieron el triste papel de juez se vieron imposibilitados de dictar una sentencia absolutoria y dejaron que esa multitud, sedienta de sangre, administrara la justicia de la mejor manera que les pareció. Y así lo hicieron.
Hace más de dos mil años se llevó a cabo el jurado de conciencia que más se recuerda en la historia del mundo. Hasta la fecha los actuales dirigentes eclesiales sólo dan una explicación divina de su castigo: Redimir los pecados de los hombres ante Dios.
Pero la verdad es que aquel humilde hombre, que hoy la gente católica del mundo recuerda como su Salvador, hijo de un carpintero y al que muchos seguían por su prédica sobre la verdad y el amor al prójimo, no fue más que otra víctima de ese jurado de conciencia que hoy aún me hace preguntarme ¿por qué?
¿Por qué un hombre —a quien llamaron Jesús, hijo de Dios— tuvo aquel final tan trágico como humillante, si no hizo más que predicar el amor entre los hombres?
Hoy se culpa a una sola persona por aquella ignominiosa crucifixión. ¿Pero alguien se ha preguntado quién en verdad es el responsable de ese juicio y de esa sentencia? La respuesta es muy sencilla. Si se recuerdan las palabras de Pilatos al pueblo judío cuando en un último intento por salvar la vida de Jesús preguntó: “¿A quién quieren que deje en libertad, a Jesús o a Barrabás?”
La respuesta de aquel energúmeno pueblo no se hizo esperar. Barrabás era acusado de robos y asesinatos; pero Jesús fue enjuiciado y culpado por predicar su religión de amor.
No fue Pilatos el juez que dictó la sentencia de muerte. Si bien es cierto que en su mano estaba salvar la vida de un inocente, también es verdad que fue el pueblo judío, ansioso de sangre, el que dijo: “Crucificadle”, y así se hizo.
Esa es la forma en que un pueblo administra la justicia hoy; absolviendo a los Barrabás y crucificando a los inocentes. Así que no es cierto que en algún momento los jurados de conciencia hayan servido para algo.
Hoy son cinco personas las que lo integran; hace dos mil años fue todo un pueblo el que, reunido en la plaza pública, pidió a gritos la muerte de Jesús.
Ese pueblo que dio un jurado de conciencia a Tirso Moreno Aguilar para que lo absolviera después de haber puesto en peligro la vida de todo el personal de la Redacción de LA PRENSA.
El mismo pueblo que al día siguiente absolvió a un policía acusado de haber asesinado a su joven compañera de vida, pese a la abundancia de pruebas en su contra.
Esos son los jurados de conciencia que no deben continuar. Debe hallarse una manera de resolver la pésima administración de justicia que hace el jurado de conciencia; no seguir delegando esa responsabilidad en personas que, más que con conciencia, dictan un veredicto con la inconciencia.