Jorge A. Huete Pérez*[email protected]
La actual epidemia de neumonía atípica conocida como Síndrome Respiratorio Agudo y Grave (SARS), evidencia la importancia de la alerta que durante los últimos años ha venido divulgando la comunidad científica: el irremediable surgimiento de atroces epidemias. Estas epidemias de enfermedades infecciosas emergentes y re-emergentes constituyen las causas primarias de mortalidad en los países pobres y se han convertido en el principal problema de salud pública mundial.
Se denominan enfermedades emergentes aquellas nuevas producidas por agentes no identificados anteriormente. En las últimas dos décadas aparecieron una serie de enfermedades nuevas para el hombre, algunas de las cuales han provocado millones de muertes y enormes gastos en salud.
Entre estas enfermedades se incluyen el ébola, el virus del Nilo, así como también el cólera, la leptospirosis y el dengue. La más conocida de estas enfermedades es el Sida, cuyo agente infeccioso, el VIH, a pesar de haber sido identificado en 1981, veinte años después ha infectado a más de 40 millones de personas.
De modo que el SARS constituye el ejemplo más reciente de epidemia causada por un virus emergente. Se ha determinado que el agente causal es un nuevo coronavirus perteneciente al grupo que afecta las vías respiratorias. Hasta finales de abril ya se contabilizaban más de seis mil afectados y todavía es difícil predecir la dimensión que alcanzará esta enfermedad.
Hay varios elementos que ilustran la dificultad de esta primera gran epidemia del siglo. Por un lado, el nuevo coronavirus actúa en combinación con otro conocido como meta-neumovirus. Este fenómeno de virus “auxiliares” se asemeja al de algunos virus de la hepatitis, los cuales requieren de varios tipos de virus que se coordinan para poder proliferar. En el caso del SARS, más allá de la proliferación, el virus conlleva a una “super neumonía”, la cual aún no tiene cura.
Por otra parte, actualmente no se ven señales de que se esté conteniendo el avance de la epidemia. Si el SARS ha causado una tremenda crisis en lugares como Hong Kong y Canadá, los cuales cuentan con sólidos sistemas de salud pública, uno podría imaginarse lo que habría de ocurrir si la enfermedad se propagase al África o a Centroamérica. Finalmente, el diagnóstico de la enfermedad se realiza por PCR, método biotecnológico al cual no se tiene acceso en los hospitales de países pobres.
La coincidencia de los primeros casos confirmados de SARS con el inicio de los bombardeos de la ciudad de Basora en Irak, dio pie a la especulación de que esta nueva enfermedad significaría una contraofensiva de armas biológicas. Si bien a estas alturas tal sospecha ha sido descartada, conviene reflexionar sobre la conexión posible entre el bio-terrorismo y las enfermedades emergentes en el contexto actual.
El plan perverso de emplear agentes infecciosos para causar los mismos efectos de las grandes epidemias ha sido utilizado por muchos gobiernos en distintos períodos de la historia. En la década pasada grupos fanáticos usaron microorganismos para causar daño y zozobra entre la población. El brote de ántrax inmediatamente después de la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, demostró la utilización de bacterias como armas biológicas. De tal manera que la utilización de armas biológicas a escala global no es más una amenaza hipotética sino una realidad con potencial destructivo incalculable.
La acertada reacción internacional ante la epidemia de SARS demuestra las virtudes de las redes de salud pública y, en particular, los beneficios de la colaboración científica y del uso de la biotecnología para la detección temprana del agente causal. Sin embargo, aún con la existencia de un sistema de vigilancia epidemiológica internacional satisfactorio, la responsabilidad de contener el avance de cualquier infección debe recaer primordialmente en las autoridades del país afectado.
En Nicaragua, si bien el sistema de vigilancia se ha ido fortaleciendo paulatinamente, existen serias limitaciones como la falta de recursos para diagnósticos. La carencia de un laboratorio con seguridad biológica nivel tres, representa un riesgo adicional peligroso y absurdo, especialmente por contar el país con personal entrenado en técnicas de biología molecular.
La vulnerabilidad de la población nicaragüense con respecto a la seguridad biológica debe ser evaluada cuidadosamente. Se deben implementar medidas efectivas para confrontar los nuevos retos de la salud pública. Aunque estos planes requieren de fondos importantes, la gravedad del caso los justifica. Ante el surgimiento de nuevos patógenos, provengan éstos como resultado de la evolución natural o de actividades terroristas, la detección temprana podría marcar la diferencia.
* El autor es biólogo molecular, director del Centro de Biología Molecular-UCA