Partido sin bandera roja

Ariel [email protected]

Ahora que existen en Nicaragua los pilares de una nueva ética pública, y en medio la crisis política a dos bandas en el PLC, convendría al liberalismo, como vanguardia de la clase política democrática por encima de las otras fuerzas existentes (como la conservadora), contemplar la posibilidad de crear un partido político que, si bien es cierto reúna alrededor de la doctrina gobernante a las otras fuerzas, lo integren también aquellas agrupaciones partidarias con presencia en la vida nacional, incluyendo al sandinismo no oficial. Pero sin la tradicional bandera roja.

Si ya desde algunas décadas atrás se percibe una crisis de las ideologías a nivel planetario, en Nicaragua, debido a la contaminación de la barbarie política primitiva protagonizada por el liberalismo somocista y el sandinismo en el pasado, sería oportuno crear señales de una nueva agenda política que reforme la institucionalidad de este quehacer tanto en lo ético como en lo moral, en conjunto con un nuevo vestuario electoral.

Muchos países han llevado a la práctica esta iniciativa, tanto en Iberoamérica como en otras regiones, con éxito. Pero también en otros la propuesta ha desfallecido, como en Estados Unidos con Ross Perot en las elecciones de 1992, aunque ahí la estabilidad del bipartidismo imposibilitaría por de pronto cualquier alternativa.

Existen fenómenos atractivos para el debate ideológico, insertos en la patrimonialidad de la clase política gobernante desde la propia época de la Independencia de España, recurso que es aplicable a la mayoría de países centroamericanos y latinoamericanos asociados a la historia social y política del país. Toda ella, en mayor o menos escala, ha hecho aportes al atraso y al desarrollo. Desde el conservatismo con su contribución a la conformación del Estado-Nación, al liberalismo zelayista o somocista con el inicio y continuidad de las obras públicas, hasta el sandinismo con su excesiva y polvorienta retórica social que abrió el grifo de la protesta a los sectores mayoritarios; esto, evidentemente, sin menoscabo del envejecimiento precoz del vanagloriado festín administrativo de los Treinta Años conservadores y su broche cuartelario que interrumpió la secuencia constitucional, o del régimen políticamente primitivo de Somoza García, así como del ciclón rojinegro de los 80.

Volviendo al presente, tanto liberales como sandinistas intentarán disputarse el triunfo electoral en base a recalentamientos místicos y a propuestas más convincentes, competitivas y realistas que las formuladas en las últimos comicios, como una alternativa no sólo para el saneamiento profesional que la ciudadanía espera ver de los políticos, sino también para optimizar el instrumental de la honradez que cada día deberá estar más a prueba, sobre todo a raíz del incremento fiscalizador de un sector de la Sociedad Civil, de los medios de comunicación y del descontento popular.

Mientras el sandinismo y su raído traje de “convergencia” se debate en una crisis actual por la definición de sus candidatos a alcalde y vicealcalde, el liberalismo lo hace a dos bandas: la que se aferra a los viejos personalismos que lo inhiben prácticamente del debate convincente, y el que intenta romper con esa tendencia.

Es a este sector, al que intenta alejarse de los viejos y míticos comportamientos que lo diferencian del PLC oficial, que convendría explorar la posibilidad de crear un nuevo partido sin la tradicional bandera roja, no sólo para crear una nueva señal en el banderaje electoral, sino también para motivar a aquellos sectores que, no siendo liberales, como conservadores, socialcristianos, socialdemócratas, comunistas globalizados, contras abnegados, troskistas moribundos, evangélicos sin partido, católicos desanimados y hasta sandinistas puros y arrepentidos, puedan ser parte de una nueva institución partidaria sin complejos por viejas militancias. No existen en las filosofías partidarias diferencias estéticas ni doctrinales entre liberales y conservadores, y ya ni entre éstos y los sandinistas debido a las determinaciones económicas predominantes. Y si las hay, ha de serlo por las camisas rojas o verdes, o rojinegras. Entonces, ¿por qué no un Partido Demócrata, Republicano, Popular, Nacional, Nicaragüense, o el que las bases mediante un plebiscito determinen.

El autor es director de Publicaciones de la Presidencia de la República.  

Editorial
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