Napoleón Chow
El libro de Arturo Cruz, destilado de su disertación doctoral, nació, tengo entendido, de una afinidad electiva, como decía el sociólogo Max Weber, del autor por la ciudad de Granada donde creció, por los granadinos y su papel en la República Conservadora, que fue desarrollándose en los treinta años subsiguientes a la Guerra Nacional. El libro también ha nacido como producto de una insatisfacción con la explicación marxista ortodoxa sobre la creación del estado-nación nicaragüense, con sus simplificaciones sobre el modo de producción, sobre la burguesía progresista leonesa en formación y los conservadores granadinos feudalizantes. La insatisfacción también se siente con respecto a la afirmación, aceptada sin mucho análisis, de que es con Zelaya y con los liberales que Nicaragua entró a la modernidad del siglo veinte. El cariño por lo granadino que desembocó en curiosidad intelectual, y la insuficiencia de las tesis marxistas y liberales llevaron, pues, a Arturo a recorrer ese camino tequioso, frustrante, fascinante, sobre todo al concluir, de una disertación doctoral. El resultado lo tenemos hoy a la vista, en español, y en estos momentos, en este Banco Central, comentado someramente por algunos de nosotros.
Una disertación rara vez termina como uno la diseña en sus comienzos, y en el camino de sus investigaciones el Dr. Cruz intuyó lo que fue el leitmotiv, posiblemente originado en conversaciones con su abuelo, cada vez más insistente, que recorre las páginas de este notable libro: ¿por qué Nicaragua experimentó casi tres décadas de estabilidad política y un innegable progreso, habiendo tenido unos orígenes tormentosos como nación independiente, y un futuro, en el siglo veinte, igualmente proceloso. ¿Cuáles fueron las circunstancias históricas, económicas y socio- políticas que explican este hiato?
No cabe duda que el brillante intento de José Coronel Urtecho por interpretar la historia de Nicaragua influenció a Arturo no tanto en la sustancia de su tesis como en el estilo tour-de-force, tan coroneliano, conque Arturo materializa sus pensamientos. Su libro no adolece de esa erudición mal digerida y mal presentada que es el mal de muchas tesis doctorales en ciencias sociales. Uno comienza a leer y no quiere parar hasta terminar. Ésta es una rara cualidad, muy apreciable sobre todo en estos días donde el hábito de la lectura parece ser una costumbre en peligro de extinción.
La interpretación marxista del surgimiento de Nicaragua como estado nación, expuesta por Jaime Wheelock, Hector Perez-Brignoli, Edelberto Torres y, el entonces marxista, José Luis Velásquez ha sido examinada y encontrada como limitada e inclusive parcialmente errónea, sobre todo a partir de la caracterización simplista de los granadinos como ganaderos y los leoneses como cafetaleros. Granada, como es sabido, tenía al Mombacho, a Masatepe, a San Marcos, a Jinotepe, a las Sierras de Managua, Jinotega y Matagalpa, para sembrar café. Eran aquellos años, unos donde todos eran de alguna manera liberales, y todos, liberales y conservadores, estaban por el orden.
Irónicamente, pero no por casualidad, aunque el libro es fundamentalmente sobre las tres décadas conservadoras, el estudio dedicado a José Santos Zelaya, es uno de los que, a mi juicio, más aclaran sobre la personalidad, el ideario político, el estilo de estadista, la apariencia y la sustancia de este patriarca del liberalismo. La voluntad romántica de poder, el desprecio por las limitaciones constitucionales al poder del Ejecutivo, que fueron imitadas más tarde por Emiliano Chamorro, Anastasio Somoza y el Frente Sandinista, su sed de glorias marciales y espectáculos públicos, la imitación deliberada de Porfirio Díaz y Luis Napoleón de Francia, la creación y desarrollo de un ejército con ribetes germánicos, entrenados por oficiales chilenos, la denominación de la explanada al pie de La Loma como Champ-de-Mars, o Campo de Marte, la ampliación del cuerpo diplomático con delegaciones permanentes en Europa, Sudamérica y los Estados Unidos, su campaña para unir Centroamérica a la fuerza, si era necesario, todas estas características, toda esta grandiosa visión sin límites, sobre todo fiscales y, en última instancia, políticas, todo ello ha sido señalado con gran acierto y con alguna ironía: en suma Arturo Cruz ha intentado la desmitologización de un personaje clave en la historia de Nicaragua.
Sería interesante conocer la opinión de un historiador de tendencia liberal, como Germán Romero, sobre esta caracterización de Zelaya.
Si queremos conocer un trecho tan importante de nuestra historia, este libro de Arturo Cruz, debe indudablemente considerarse como lectura obligada. Su lectura nos dará más ilustración y más sabiduría histórica: sobre todo un nuevo punto de partida para una discusión subsiguiente.
El autor es director del Instituto de Cultura.