La unidad del liberalismo

José Rizo Castellón

El voto de cada persona, ejercido en forma libre, secreta, periódica y transparente ha sido, es y será, la esencia de la democracia liberal.

De acuerdo a la ideología liberal, el método para escoger en todo país a quiénes van a ejercer el poder es el de las elecciones democráticas de autoridades. Esas elecciones periódicas y transparentes son el instrumento que procura la unidad y la fortaleza de la nación y la equidad política en Nicaragua.

Este principio también es válido en cuanto a la selección de autoridades internas en todo partido que se llame liberal. Si los liberales propugnan por elegir las autoridades nacionales en forma democrática y transparente, deben dar el ejemplo en sus propias elecciones partidarias.

Desde esta perspectiva, quisiera plantear el problema de los partidos liberales en Nicaragua.

Los liberales están desunidos. Esta es una realidad incuestionable. Es sobrancero discutir las causas de ello, más aún si sabe que sus efectos son desastrosos para todos. La unión es una necesidad imperiosa frente al desafío de otros partidos y sobre todo sabiendo que la ideología democrática de los liberales es garante de la estabilidad política, del desarrollo socioeconómico y de la paz social de la nación.

Desconocer que el PLC está en cris sería tan equivocado como desconocer su fuerza y organización política. Pensar que presentándose solo será capaz de ganar las próximas elecciones, es una ingenua y quizá prepotente actitud que puede poner en riesgo la gobernabilidad democrática de Nicaragua.

No se puede cuestionar la necesidad de la unidad liberal si está en peligro la democracia, ni se puede cometer el error de anteponer intereses personales frente a la posibilidad de perder unas elecciones. La unión de los liberales es urgente, impostergable y de interés nacional. Algunos liberales ponen condiciones a otros liberales para lograr el objetivo democrático común de la unidad. Pero, poner condiciones es excluir de antemano y, por lo tanto, poner obstáculos a la unificación liberal. La unidad debe ser sin exclusiones de ninguna naturaleza.

Los liberales, propugnadores de la tolerancia, no pueden ser excluyentes a priori, de otros liberales. Si se diese tal situación, un grupo de personas se convertiría en tribunal para decidir quién es digno o no de pertenecer al partido. Y tal práctica no es liberal.

La forma en que la ideología liberal debe enfrentar el problema de quién es quién y cuánta representación o autoridad tiene dentro del partido, es a través del voto transparente de los correligionarios para escoger a las autoridades del mismo. Sólo la opinión mayoritaria ejercida a través del voto personal puede decidir quién es digno de pertenecer y de obtener cargos de responsabilidad dentro del partido.

Si el problema es la desconfianza generalizada, sólo una consulta democrática a los liberales previamente inscritos, manejada por personas idóneas, escogidas por consenso y aceptadas por las diferentes tendencias, corrientes o partidos, sería la garantía del nacimiento de una estructura de autoridad partidaria balanceada, aceptada, y sobre todo, legitimada por el peso de los votos de los correligionarios y la transparencia del proceso.

Esa consulta o elección de autoridades liberales ha sido y continúa siendo mi propuesta para enfrentar la desunión. Propongo una elección de convencionales en cada distrito de la capital y en cada municipio del país, donde cada liberal vote en forma libre y secreta por la lista de candidatos que le presenten las diferentes tendencias o corrientes liberales. De esa manera, en forma proporcional al número de votos que cada tendencia tenga, se alcanzará una legítima representatividad en la Gran Convención. Esta es la propuesta que yo he llamado el Plebiscito Liberal.

En aras de la unidad y del fortalecimiento del liberalismo hay que proceder con patriotismo y con la urgencia que las circunstancias demandan. Algunos se opondrán a estas elecciones propuestas, únicamente por mantener cuotas de poder, por mantener prebendas partidarias o por temor a la falta de aceptación dentro de las bases liberales. Otros dirán pérfidamente que las asambleas públicas, mítines o reuniones son suficientemente elocuentes para interpretar la voluntad democrática de los miembros del partido. Esos argumentos fueron esgrimidos por los sandinistas cuando el clamor popular demandaba elecciones democráticas en la década perdida.

La prueba democrática de legitimación por el voto de un cargo político, la deben pasar todos los que abrigan esperanzas de tener representación política, pues es la única forma conocida y aceptada por la ideología liberal de obtener reconocimiento y legitimidad como dirigentes del partido.

Esta propuesta tampoco debe ser vista con temor por aquellos grupos o partidos liberales que nunca han tenido oportunidad de contarse. No debiera existir el temor de exponerse a que resulten con poca representatividad social. El voto personal, libre y transparente, es la mano invisible de la equidad política. Una elección desarrollada de esta forma hará que la unidad venga por su propio peso, sin traumas ni sentimientos de injusticia o engaños para nadie. Las elecciones bien llevadas no separan, más bien unen las voluntades dispersas. Hay que convencerse de que el camino para la unidad deseada transita por una elección de autoridades del partido que legitime a todas las tendencias y donde todas las tendencias tengan representación.

Si algún grupo siente, cree, o afirma, ser el genuino representante del liberalismo, lo invito a que ratifique dicha legitimidad a través del voto. Nadie perderá y todos ganarán. Ganará el liberalismo y sobre todo ganará Nicaragua. En el liberalismo caben todos y todos son necesarios.

El autor es Vicepresidente de la República.  

Editorial
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