El comandante Daniel Ortega criticó el sábado pasado, durante la Asamblea Sandinista, a los medios de comunicación independientes y democráticos que él califica “de derecha”, porque “se rasgan las vestiduras al condenar el fusilamiento de tres terroristas en Cuba, pero guardan silencio por los crímenes cometidos por Estados Unidos en Irak”.
En realidad, todas las muertes violentas, ya sean provocadas por guerras o accidentes, asesinatos individuales y ejecuciones, son lamentables o condenables. Pero hay una gran diferencia entre las muertes de combatientes y civiles inocentes en una guerra —y sobre todo en Irak, donde la mayoría de los que murieron fue porque el régimen de Hussein los puso como escudos humanos de los objetivos militares— y las personas que son fusiladas porque quieren irse a otro país a buscar trabajo y libertad.
Por otro lado, en su crítica a los medios independientes y democráticos el líder sandinista Ortega no mencionó que también condenamos los procesos estalinistas y las penas de prisión de hasta 28 años que el régimen comunista de Cuba ha impuesto a numerosos periodistas independientes de ese país, por el “delito” de ejercer su derecho a expresarse y a informar de manera independiente.
Sin embargo, es bueno que los dirigentes sandinistas critiquen a los medios independientes. Así funciona la democracia. De la misma manera que la prensa libre critica al FSLN y a su caudillo vitalicio, así también éste tiene derecho a criticar a aquéllos.
En la democracia los medios de comunicación tienen derecho y obligación moral de condenar los crímenes que se cometen en cualquier parte del mundo contra la libertad de expresión y los periodistas; como son los procesos y sentencias de carácter nazi-fascista-comunista a los periodistas independientes cubanos. Y del mismo modo el comandante sandinista Daniel Ortega tiene derecho a justificar y glorificar los crímenes contra los derechos humanos que comete el régimen comunista de Fidel Castro en Cuba. Allá él con su conciencia, su ideología y sus compromisos internacionales.
A lo que no tienen derecho el comandante Daniel Ortega y su partido —homólogo al Partido Comunista de Cuba de Fidel Castro— es a censurar a los medios independientes y democráticos, ni a reprimir a los periodistas que critican al sandinismo, como lo hicieron entre 1979 y 1990 cuando gobernaron el país y trataron de imponer un sistema estatal como el cubano.
Como se sabe, para el totalitarismo de izquierda o derecha, fascista o comunista, la libertad de expresión y de prensa es un objetivo a destruir. Y cuando los totalitarios todavía no tienen el poder, la prensa libre les molesta como una paja en el ojo.
Al respecto vale la pena recordar que sólo en enero de 1981, cuando el régimen sandinista todavía no estaba en guerra contra Estados Unidos y la Resistencia —cual es el pretexto que usa el FSLN para justificar todos los desmanes de aquella época—, LA PRENSA fue censurada, amenazada y “amonestada” varias veces: por informar sobre la producción bananera y las negociaciones con la Standard Fruit; para que no informara sobre el cierre violento de la Comisión Permanente de Derechos Humanos; para que tampoco informara sobre el alza de precios del arroz y el azúcar, ni sobre el comunicado que prohibía informar; y por publicar un cable de AP acerca de que oficiales de la Fuerza Aérea Sandinista fueron detenidos en Estados Unidos.
Después llegaron los cierres de LA PRENSA (el primero el 10 de julio de ese mismo año, 1981), la toma de la redacción por los censuradores, los ataques de turbas, las palizas a los periodistas (Joaquín Mejía murió por un tumor cerebral causado por los golpes que le propinaron en la cabeza), y un sinfín de agresiones contra la libertad de prensa por parte de los gobernantes sandinistas.
Y ahora, la defensa apasionada que hace el comandante Daniel Ortega de los crímenes que se cometen en Cuba contra la libertad de prensa y los periodistas independientes, nos obliga a suponer que el FSLN si volviera al poder haría lo mismo que la dictadura comunista de Fidel Castro, o al menos algo aproximado, como los atropellos de Hugo Chávez contra la prensa independiente, en Venezuela.
Y eso sería simple y sencillamente catastrófico.