- La población pobre de los escombros que rodean la Iglesia Santo Domingo, en el viejo centro de Managua, encontró en la parroquia, además de la palabra de Dios, asistencia social. Los sacerdotes les crearon una clínica médica y un preescolar. El padre Cabello, con 70 años, va casa por casa llevando alivio
Mariela Ferná[email protected]
Al cumplir 33 años, Rosa Isabel Castro se percató de que la Iglesia le podía resolver problemas puntuales a ella y a su familia, incluso la educación de tres de sus hijos.
Vive en una de las zonas más pobres de Managua, en el barrio Santo Domingo, cerca del Mercado Oriental, donde hizo su casita con ripios de madera y plásticos. Allí se alberga con su marido, siete hijos, cuatros nietos y su madre mayor de 100 años.
Cuenta que desde pequeña trabajó. Ahora que es madre y abuela, se levanta cada día a las cinco de la mañana, hora en que su marido sale hacia el Mercado Oriental, donde acarrea canastos. Más tarde ella se planta en los semáforos del Cine González a vender agua helada.
Rosa Isabel va a vender con dos de sus hijos, Juan y Rosa, de 13 y 14 años de edad, los que nunca estudiaron, según cuenta, por falta de dinero y porque le ayudan a conseguir el arroz, los frijoles y las tortillas, que son los alimentos cotidianos de su hogar.
“Muchas veces sólo nos da para los frijolitos”, afirmó.
Juan y Rosa forman parte de una población de 166 mil niños, niñas y adolescentes que trabajan a cambio de comida, casa o ropa, tal como reveló la Encuesta Nacional sobre Trabajo Infantil y Adolescente en Nicaragua, realizada por el Ministerio del Trabajo (Mitrab).
FUE POR EL NIETO
Rosa Isabel ve lejana la posibilidad de alejar a sus hijos de las labores en la calle. “Quisiera que ellos no trabajaran y que estudiaran para que lleguen a ser alguien en la vida, pero no tengo dinero para mandarlos, ahorita sólo a los tres más chiquitos los tengo en clases”, explicó mientras cargaba en brazos a su nieto de apenas tres meses de nacido.
Por este nietecito fue que Rosa Isabel buscó ayuda en la Iglesia de Santo Domingo, ya que dos días después de su nacimiento, la mamá, Fabiola Morales Castro, de 22 años, se sintió mal. “Parecía que se iba a morir”, cuenta Rosa Isabel, quien con disimulo se limpia una lágrima que resbala por su mejilla.
Desesperada, buscó por primera vez al padre de la Iglesia Santo Domingo de los escombros para que llegase a ver a su hija y a darle la bendición. “Desde esa vez el padre vino a nuestra casa, mi hija se sanó. Él ha sido un ángel para nosotros”.
Se refiere al sacerdote jesuita José María Cabello, quien propició que sus tres hijos menores, de seis, cinco y cuatro años estén estudiando en preescolar.
Cabello llegó a su casa un día y vio las condiciones en que vive. Desde entonces les ha ayudado. “El se comprometió a asumir los gastos de los niños en el preescolar y de vez en cuando nos trae provisión”, afirma Rosa Isabel.
“Me da pena que sea el padrecito el que nos ayude, con lo poco que tiene, pero la situación económica es tan dura que uno no puede despreciarlo”, comentó.
El sacerdote, con 70 años de edad, ayuda a más personas de la zona, a pesar de que sólo tiene cinco meses de haber llegado a la parroquia de Santo Domingo de los escombros, donde pronto hizo amistad con los habitantes.
“Me he ganado la confianza de la gente, al principio eran muy retrecheros conmigo”, cuenta el padre Cabello. “Cuando salía a las calles, a visitar las casas, habían lugares en que ni siquiera querían atenderme, pero debido a mi insistencia me escuchaban y ahora más bien me preguntan cuándo voy a llegar”.
Un grupo de niños caretos, descalzos y sin camisa, juegan bajo el sol de mediodía en las afueras de sus casas mal hechas.
El sacerdote los señala y afirma: “Es por esos niños, para que tengan un mejor futuro, que a diario tratamos de llevar una luz de esperanza y un mensaje de amor a sus hogares”.
Convencido de que esa es su misión, Cabello continuó de inmediato la labor del sacerdote que le antecedió en la parroquia, quien empezó a construir un preescolar comunitario y una clínica médica.
Los pobladores de la zona, gente muy pobre que habita entre los escombros del terremoto que destruyó Managua en 1972, curan sus males allí y mandan a sus niños al preescolar.
EL TAI CHI
María Teresa Llari, médico internista de origen española explica que en la clínica atienden a gente que vive en extrema pobreza. “Nosotros pedimos una contribución voluntaria, pero muchas veces la gente no tiene y no por eso dejamos de atenderla o darle su medicamento”.
Llari manifestó que además de la consulta general que brindan a las personas, la clínica de la parroquia ofrece diferentes terapias de relajación y sicología, acupuntura, reflexología, reiki, masaje terapéutico, terapia cráneo sacral y terapia floral.
Además de la homeopatía, les aplican la terapia EMDR para traumas psicológicos profundos y terapias grupales de Yoga, Tai Chi y Subyok.
Marina Palma tiene 33 años de edad y es una de las favorecidas con las terapias grupales. “Yo vine bien enferma y sin reales, pero aquí me atendieron y me dieron el medicamento, es más todavía vengo a terapias de Tai Chi”, relató.
Esa es la terapia que más le ha ayudado. “Yo vivía estresada y con fuertes dolores de cabeza que no me dejaban ni atender a mis hijos, pero ahora que recibo estas terapias me he mejorado bastante de esos dolores”.
A la par de la clínica está el preescolar comunitario, donde atienden a 60 niños entre los cuatro y los ocho años años de edad.
Esperanza Paz, habitante del barrio Vida Nueva, vende frutas en las afueras del colegio Loyola, junto a su nietecita de siete años, Rosa Esperanza Campos, quien ahora asiste al preescolar comunitario.
Esperanza dice que el padre Cabello le dio la oportunidad a la niña de asistir a clases “aunque vaya retrasada, porque a su edad debería estar en otro grado, pero ya está en clases”.
Con Rosa son 59 los niños que acuden al preescolar comunitario de Santo Domingo de los escombros, donde cada día reciben un vaso de leche.
“Una vez al mes se les hace una comidita y una piñata, para mantenerlos motivados a que asistan a clases”, informó Mayra Nincundano, una de las maestras del preescolar.
DESDE ESPAÑA
Al sacerdote José María Cabello le envían ayudas desde España. Su hermana y algunos organismos internacionales cooperan con las obras a favor de los pobres de los escombros, que viven en los alrededores de la iglesia Santo Domingo.
-Se han propuesto ampliar el edificio del centro educativo, para que además de preescolar ofrezca educación primaria hasta el tercer grado, hasta completar la primaria completa.
-El otro proyecto es la construcción de un taller de costura, computación, cocina y belleza, que se convertiría poco a poco en una pequeña empresa donde las mujeres, que se vayan graduando, encuentren una fuente de empleo.
-“Queremos que aprendan un oficio y que después comercien lo que produzcan, de esa forma también contribuimos a disminuir el desempleo”, explicó el sacerdote.
-Estos talleres podrían empezar a funcionar a en agosto próximo, y la ampliación de centro escolar, hasta el tercer grado de primaria, comenzaría el próximo año.
-Ya empezaron a construir las tres nuevas aulas, pero todavía carecen de la autorización del Ministerio de Educación y Cultura para ofrecer los tres primeros grados de primaria. “Por el momento sólo tenemos permiso para el preescolar, pero una vez que tengamos finalizado el local vamos a conseguir el premiso, estoy seguro”, declaró Cabello.
EL «PAN» DE CADA DÍA
Rosa Isabel Castro vende agua helada con sus hijos de 13 y 14 años en los semáforos del Cine González. Ninguno ha estudiado. Su marido sale desde las cinco de la mañana hacia el Mercado Oriental donde trabaja acarreando canastos. Sus hijos pequeños ya lograron entrar al preescolar de la parroquia de Santo Domingo, donde al menos beben leche y tienen atención médica
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