Peter R. [email protected]
Las noticias de Bagdad, Basora y otras ciudades en el Medio Oriente aún acaparan la atención. Los EE.UU. se enfrentan ahora a algunas oportunidades que hasta hace poco parecían sumamente difíciles de lograr. Por ejemplo, se ha conseguido un territorio amigo, al menos por el momento, que tiene fronteras o proximidad con infinidad de países en una región volátil. Me refiero a Siria, Jordania, Irán, Turquía, Kuwait, Arabia Saudita, y los principados y emiratos del Golfo. ¿Por qué se trata de algo importante? Pues bien, porque hasta ahora Israel, el gran aliado tradicional, puede descansar más tranquilo al no tener tan cerca a uno de sus principales enemigos. Por su parte el gobierno estadounidense puede al menos intentar crear una nueva correlación de fuerzas regionales que no sean tan desfavorables a los objetivos israelitas y de la estabilidad de la industria del petróleo. Lo que sucede es que, de haber logrado Saddam Hussein fabricar armas nucleares, Israel hubiera perdido su mayor ventaja defensiva en medio de tantos pueblos hostiles.
El presidente George W. Bush ha señalado en varias ocasiones que el “cambio de régimen” en Irak debe conducir a una democratización que pudiera idealmente extenderse por toda la región. Por supuesto que ese es el reto del siglo XXI. Algunos comentaristas con experiencia en esa parte del mundo han insistido en que esto tiene un peligro fundamental. ¿Cuál es el desafío que presenta la doctrina Bush, aparentemente basada no en los deseos de su secretario de defensa Runsfeld, sino del todopoderoso ex-general Powell, hoy al frente del Departamento de Estado y de la asesora de seguridad nacional, Condoleeza Rice?
Los investigadores, con apoyo de muchos periodistas, han recordado a todos que la celebración de elecciones libres y democráticas en los países árabes no tendría necesariamente un resultado favorable a la posición de EE.UU. Por ejemplo, el gobierno egipcio no disfruta de mayoría en la opinión pública, pero ha logrado mantener una estructura aparentemente democrática desde Answar al Sadat, aunque la opositora Hermandad Musulmana cuenta en Egipto con una base de apoyo popular extraordinariamente grande. Experimentar con democracia en países tan autoritarios como Arabia Saudita y Kuwait sería aun mucho más riesgoso. No hay que olvidar las promesas de apertura que se hicieron en Kuwait después de la Primera Guerra del Golfo y sólo se han concedido hasta el momento escasísimas reformas que no han impresionado a nadie. En otras palabras, pensar que los árabes votarán con gran entusiasmo por candidatos pro occidentales es sueño de una noche de verano.
Otro reto regional radica en el delicado caso del Kurdistán. Se trata de una tierra casi de nadie en la cual los descendientes del legendario guerrero Saladino son la gran mayoría en provincias o al menos en bolsones del territorio de Irak, Turquía, Siria, y otras naciones vecinas. Si los kurdos de Irak, dominan realmente el norte de ese país contarían con los incalculables recursos petrolíferos de Mosul y Kirkuk y tendrían suficiente capacidad económica de convertirse en otro Kuwait (sin tener que importar obreros) que causaría desestabilización en países limítrofes, sobre todo Turquía. El régimen despótico de Hussein consiguió controlar por décadas las ansias separatistas e independentistas de los kurdos, pero después de reprimirlos en 1992 tuvo que concederles bastante autonomía. Ellos querrán mucho más que eso ahora ya que han contribuido significativamente a derrotarlo. Turquía ha maniobrado de un lado para el otro en las últimas semanas intentando evitar la intensificación del poder kurdo. De ahí lo delicado de los encuentros del gobierno turco con Powell.
El gran desafío para EE.UU. es lograr una transición tan efectiva que impida no sólo la conversión de Irak en otro Líbano o en otro Banco Oeste del Jordán, agravado por un nacionalismo a ultranza opuesto a una ocupación extranjera que no puede ser corta sino que también prevenga los intentos separatistas, tanto de los kurdos, como de los chiítas del sur. Estos últimos han sido objeto de todo tipo de promesas en el pasado. Su proximidad a Irán, donde sus correligionarios gobiernan constituye una dificultad para lograr esa “federación” de chiítas, kurdos y sunnitas que sería el único proyecto viable ya que un Irak centralizado como en la época anterior es prácticamente imposible sin un dictador. La presencia de árabes musulmanes desde Bagdad y Damasco hasta Argelia se complica por los grupos religiosos y sub culturas tan conocidas como las de Arabia o tan poco mencionada como la de los drusos.
Hasta ahora el enfoque ha estado en los estadounidenses y los árabes. Pero nadie puede desconocer que el primer ministro británico, Tony Blair, ha sido la gran figura, junto a Bush, de esta guerra. La presencia británica ha sido abrumadora, tanto en diplomacia como en batalla, que no podrá hacerse nada sin contar con él. Los norteamericanos se pueden vanagloriar de haber logrado uno de los mejores aliados que este país haya encontrado en situaciones difíciles. En la Segunda Guerra Mundial Churchill buscó la ayuda de Roosevelt. En la Segunda Guerra del Golfo fue Bush quien buscó la de Blair y le salió bien.
Hay otros aliados que mencionar, grandes y pequeños, entre ellos un grupo selecto de países hispanoamericanos: Nicaragua, El Salvador, Costa Rica, Panamá, Republica Dominicana y Colombia, los cuales, como la Madre Patria, España, respondieron presente. El ejemplo del presidente del gobierno español Aznar tiene que haber repercutido favorablemente en la decisión de los países hermanos. ¿Qué consiguen los miembros de esta alianza de los dispuestos? El no estar de espaldas a la historia. Había que tener valor, pero también visión para comprender que el mundo del siglo veintiuno no admite vacilaciones o que les tiemble el pulso ni mucho menos gobernantes fósiles del Parque Jurásico.
Hablamos de oportunidades, retos, y desafíos. En el pasado existieron en esa región todo tipo de coaliciones. Los antiguos babilónicos del actual Irak, tuvieron que hacer coaliciones para enfrentarse con los faraones. El pequeño Israel osciló entre las potencias de la antigüedad en hacer alianzas hasta ser destruido por Nabucodonosor a pesar de su “coalición” con el Egipto de la época. La historia ya no es la misma. Desde Jerusalén, el primer ministro Sharón ve desfilar, sin necesidad de enviar ejércitos a Irak, el cadáver de su enemigo. Curiosamente, estoy parafraseando a Mahoma. Tiempo al tiempo.
El autor es columnista internacional