Ligia R. de [email protected]
“Desde que los hombres no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa”, dice G.K. Chesterton.
Con mucho asombro y pesar he visto que los nicaragüenses se han involucrado en las últimas semanas en una batalla sin cuartel en la que algunas organizaciones radicales de mujeres se han declarado contra la familia, la niñez, y especialmente contra las mismas mujeres.
Desde febrero apoyaron abiertamente el aborto a una menor, quien además de haber sido violada tuvo que soportar la manipulación y violencia psicológica de parte de quienes dicen ser “defensoras de la igualdad y los derechos de las mujeres”, y mancharon el pendón de la bandera nacional con sangre de niños inocentes.
Siguiendo con su plan y presas en una “red” de resentimiento, feminismo recalcitrante y odio hacia los hombres, estas mujeres, a través de una de las bancadas del Parlamento, pretenden que se apruebe una ley que lejos de lograr igualdad de oportunidades y derechos, demuestra algo que ya ha sido bastante cuestionado y demostrado, y que son sus verdaderas intenciones: Legalizar las relaciones homosexuales y lésbicas y el aborto en Nicaragua para después controlar y gobernar la nación.
Pregunto: ¿Cuál fue el ejemplo y los principios que se fomentaron en la familia en los años 80? ¿Fue la unidad, el amor, respeto a las relaciones entre padre, hijos y esposa, y una paternidad responsable?
Cuando la cabeza está mal el cuerpo no funciona bien. Y en este caso estos grupos que impulsan la pretendida Ley de Igualdad de Oportunidades no son el mejor modelo de familia que quiere la gente para sus hijos. Basta recordar la promiscuidad, los abusos, escándalos a todos los niveles, divorcios y demás antivalores que se promovieron en los años ochenta.
Quienes están detrás de la mencionada ley quieren regresar a la nación a un pasado triste y oscuro y propagar sus “nuevas relaciones de familia y de género”. Y ahora, ante el rotundo rechazo a dicha iniciativa de ley, amenazan con demandar a quienes, haciendo uso del más elemental derecho de libre expresión, se oponen a sus oscuras pretensiones.
Por sus frutos los conoceréis. No se puede pedir peras al Olmo, dice el dicho popular. Donde hay odio, resentimiento y frustración no puede haber amor. Es lamentable que algunos diputados sigan empecinados en su ceguera y desaciertos. Ésta es una excelente oportunidad para redimirse ante el pueblo de Nicaragua y desechar de una vez por todas la pretendida ley.
A los diputados hay que exigirles que tengan un poco de amor a Nicaragua y al futuro de nuestros y vuestros hijos, y que no se presten al juego de un grupo muy minoritario de mujeres resentidas, que no representan a las millares de mujeres nicaragüenses que como yo sí son femeninas, que creen en los valores familiares inculcados por los abuelos, que están orgullosas de su condición natural de mujeres, que creen en la maternidad y el matrimonio, que aman a sus esposos e hijos, pero también son muy celosas del cumplimiento fiel de los mandatos escritos por Dios en la Biblia y en la Constitución, y que están dispuestas a defender el futuro de la familia y la nación.
Que Dios bendiga a Nicaragua y tenga misericordia de los que no le conocen.
La autora es profesional y cristiana.