Guillermo R. Ramírez Cuadra
Cuando en 1969 me afilié al Movimiento Liberal Constitucionalista (MLC) que lideraba el doctor Ramiro Sacasa Guerrero, de grata recordación, lo hice porque sintiéndome liberal no me identificaba con el partido de gobierno; porque el doctor Sacasa, además del gran aprecio que tenía en mi familia era un hombre de gran amplitud y ecuanimidad; y porque el Movimiento era una opción para quienes creíamos sinceramente en la democracia, en la libertad de opinión y pensamiento, en que las instituciones están sobre los hombres. Pero además porque también creía en la amistad y lealtad, y rechazaba el culto a la personalidad y sus penosas derivaciones.
Hoy el Partido Liberal Constitucionalista (derivado del MLC) es conducido por sus corrientes a repetir los mismos errores del pasado. Por un lado, declararse opositor al Gobierno que él mismo llevó al poder y, por otra parte, dicho Gobierno antepone la lealtad personal frente a la fidelidad partidaria, negando de esta forma uno de los principios fundamentales del liberalismo, forzando la sumisión y la riqueza de la diversidad de criterios y opiniones que es condición previa y necesaria para cualquier decisión acertada. Cualquier manager o capitán de equipo, discute previamente con los jugadores la estrategia a seguir y, obviamente, les da total libertad de opinar si es que quiere ganar.
Con la decisión de pasar a la oposición, se releva al Gobierno de los compromisos que adquirió con el partido, sus bases y sus electores. Con esto no quiero decir que no haya razón ni fundamento para exteriorizar la decepción y el malestar, pero el partido se priva él mismo de señalar: “¡No estás cumpliendo!”
En ambos lados hay equivocaciones. Nadie puede negar la naturaleza de líder del doctor Arnoldo Alemán Lacayo, y nadie debería creer, por lo menos si está en su sano juicio, que por el hecho de borrarlo del escenario esa natural simpatía se volcará hacia otro. Lo que natura no da, Salamanca no lo presta. El líder no necesita de una figuración preponderante y constante para confirmar su liderazgo. Como dice la Santa Biblia, hay tiempo para reír y hay tiempo para llorar. También hay tiempo para figurar y tiempo para hacer un retiro estratégico.
En todo este entorno se habla de unidad. Lo que no se dice es que se quiere la unidad alrededor de cada uno, preservando sus posiciones y privilegios, sin ceder un ápice. Cada quien cree tener una cohorte de seguidores, amigos, simpatizantes, patrocinadores, etc., pero muy pocos están dispuestos a someter esa gran popularidad a un escrutinio.
En esa defensa a ultranza se cierran puertas y espacios y, lamentablemente, consciente o inconscientemente se asfixia al partido que a los cuatro vientos se proclama amar.
Veo con tristeza cómo los esfuerzos del Vicepresidente de la República, doctor José Rizo Castellón, han caído en saco roto. Cuando se alude a los mismos, los requerimientos que se pide satisfacer resultan insensatos. Como que se olvida cual es la posición del Vicepresidente en Nicaragua.
¿Se puede creer que no le conviene al partido tener una estrecha y franca relación con el Vicepresidente? ¿Se puede dudar de su liberalismo constitucionalista? ¿Se puede, en justicia, pedirle mayor claridad en sus manifestaciones, o en su lenguaje corporal como él mismo dice?
Me atrevo a pensar que algunos están más preocupados por su suerte, que por la del partido. Antes de la Convención Extraordinaria del PLC, del 23 de marzo pasado, quise hacer un llamado a la reflexión amplio y sincero pero no me fue posible. Ahora insisto, de cara a la Convención Ordinaria del 11 julio. Aún hay tiempo.
El autor fue diputado y es convencional propietario del PLC.