Carlos Quiñónez T.
Desde hace tiempo oigo a los políticos de izquierda que reclaman el consenso en casi todas las reuniones en que participan.
Mucho antes se hablaba de acuerdo, concertación o pacto. El Diccionario de la Lengua Española define el consenso como consentimiento, particularmente el de todas las personas que conforman una corporación.
Dar su consentimiento es ponerse de acuerdo; se ponen de acuerdo los grupos partidarios o rivales de una nación después de haber estado en guerra. Cansados de matarse unos a otros, de destruir e incendiar ciudades, firman la paz porque ambos grupos consienten en dejar de pelear. Hay consenso porque se ponen de acuerdo todos.
Al comenzar la administración del gobierno anterior y tratar de poner en práctica el plan que ofreció en la campaña electoral y el cual fue aprobado con el voto mayoritario del pueblo nicaragüense, el grupo político rival y perdedor desencadenó una serie de huelgas y asonadas destructivas, con el objeto de seguir co-gobernando. Al fin Arnoldo Alemán y Daniel Ortega se pusieron de acuerdo, pero esa vez no hubo consenso porque sólo participaron dos personas, es decir se coludieron dos para repartirse el Estado-botín e impusieron a la sociedad civil el pacto libero-sandinista, que hasta ahora tiene embrollado al gobierno actual porque destruyó la institucionalidad de los poderes.
Ahora, tan pronto el señor presidente Enrique Bolaños habló de formular una Agenda de Nación, que es una propuesta que debe ser expuesta ante la sociedad civil, el partido rival volvió con la cantaleta del consenso, afirmando uno de sus dirigente que “la producción nacional debe repartirse justamente entre todos los nicaragüenses”. Como ya no se pueden repartir, ni confiscar propiedades, ahora hay que repartir la producción. Espero que no habrá consenso para ese disparate socialista que no se puede aceptar.
La izquierda nunca estará de acuerdo con lo que emana de un gobierno democrático. El comunismo ruso llamó revisionistas a todos aqueellos que no estaban de acuerdo con las políticas de Estado o con la ideología del partido. Millones fueron encarcelados y otros tantos millones fueron fusilados, y los que pudieron escapar huyeron en busca de libertad. No puede haber consenso entre demócratas y socialistas, como no puede haber consenso entre liberales y sandinistas porque ambos se fundamentan en ideologías diametralmente opuestas que siempre terminan chocando.
En una democracia los candidatos presidenciales exponen durante la campaña electoral sus propios planes de gobierno, que si triunfan en las elecciones deberán poner en práctica. Pero exigir consenso en la toma de decisiones gubernamentales es boicotear el plan de gobierno aprobado por el pueblo.
En los regímenes democráticos los hechos trascendentales se aprueban por mayoría de los votantes que participan en las elecciones libres, o en toda reunión. Las izquierdas tienen por norma romper el quórum cuando no obtienen el consenso, hacen huelgas y asonadas para conseguirlo y sólo lo exigen cuando están fuera del poder.
Los partidos rivales, liberales y sandinistas, deberían juntarse para firmar un acuerdo de paz social, controlar a su simpatizantes para que no haya huelgas y asonadas durante un período de cinco años, y comprometerse a dejar que cada gobernante cumpla con el plan de gobierno aprobado por mayoría en elecciones libres.
Si en la búsqueda de la paz social no se ponen de acuerdo, es que el consenso es un mito, que sólo existe como ficción para conseguir formar parte de los gobiernos democráticos.
El autor fue presidente de Conapro e Inde, y secretario ejecutivo de Vía Cívica.