La mejor inversión en salud

Emilio Álvarez Montalván

Es curioso que la especie humana, que tiene por seguro sufrir enfermedades, poco se preocupa por prevenirlas. Bajo ese enfoque considero acertado el anuncio que hiciera recientemente con motivo del Día Mundial de la Salud, el ministro del ramo doctor José Antonio Alvarado.

Este funcionario prometió tratar como principal objetivo de su gestión, la medicina preventiva. Decisión práctica, porque no sólo disminuirían las patologías, previniéndolas, sino que economizaría mucho dinero el Estado. Al respecto decía William Harris que es más ventajoso colocar una baranda al borde de un abismo que construir un hospital en el fondo.

Esa preocupación anticipada por las enfermedades empezó espectacularmente cuando, a mediados del siglo XIX, Edwards Jenner elaboró en Inglaterra la vacuna antivariólica. Sin embargo tan valioso recurso encontró mucha resistencia. Incluso notables intelectuales como Bernard Shaw denunciaron ese moderno procedimiento, como violatorio de sus derechos ciudadanos.

No obstante, los gobiernos de países desarrollados empezaron a tomar medidas de medicina preventiva, impresionados por las epidemias de cólera, peste, sífilis, viruela, parálisis infantil, tifoidea, etc., que como ahora el Sida, diezmaban periódicamente a la población.

Se comprobó entonces que muchos de aquellos flagelos podían evitarse. Así, por ejemplo clorar el agua potable disminuye las infecciones gastrointestinales. Por otra parte, evadiendo la incidencia directa de rayos solares la persona se protege del cáncer de la piel y aboliendo el fumado se evitan los tumores malignos del pulmón. Asimismo, bastaba vacunar a los infantes contra la rubéola, crup, coqueluche, poliomielitis y tétanos, para evitar esas afecciones consideradas entonces inevitables.

En Nicaragua los primeros pasos en medicina preventiva se dieron durante el gobierno del general Emiliano Chamorro (1917-20), como lo registra el doctor Clemente Guido en su libro sobre aquel estadista. Fue cuando el filántropo norteamericano John D. Rockefeller financió una vigorosa campaña nacional de medicina preventiva, bajo la dirección del higienista norteamericano Daniel Molloy, que incluía: 1) vacunación obligatoria contra viruela y tifoidea; 2) centros de salud donde se efectuaban exámenes de sangre, heces y orina.

En esa época el 40 por ciento de la población presentaba parasitosis intestinal. Había cuadrillas de inspectores para exterminar crías de mosquitos, vectores del paludismo; 4) un instituto de higiene elaboraba vacunas contra viruela, rabia y tifoidea. Además se emprendieron obras de ingeniería sanitaria (desecación de charcos, letrinificación, perforación de pozos). En ese contexto es justo reconocer que el gobierno sandinista amplió significativamente la protección infantil.

Con los recursos modernos, como biopsias, registro de presión arterial, endoscopías, rayos X, revisión dentaria, tomografías etc., se lograría más. Habría que empezar con programas pilotos para educar a la población y conocer el costo de detectar a tiempo cáncer de mama, matriz, pulmones, próstata y colon; además de anemia, tuberculosis y diabetes.

Como dice nuestro refranero popular: es más útil una onza de prevención que una libra de curación.

El autor es médico.  

Editorial
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