El silencio de la Virgen y Sor María Romero

Ruth C. de Fuentes

Sor María en su amor, admiración y veneración a la Virgen, la escogió como modelo especialmente en su humildad, obediencia y en el silencio, aceptando como ella todo, sin protestar, ni hablar.

La Virgen no dijo una sola palabra ante las perplejidades de San José por el nacimiento de su hijo en un portal; no pronunció ninguna queja por la persecución de Herodes y la huida a Egipto, no le ayudó a Jesús a llevar la cruz, ni a levantarse en sus caídas y dejó que lo clavaran y muriera en la cruz. Como dice San Lucas en su Evangelio: “Todos los sufrimientos y acontecimientos dolorosos de la vida de Jesús, su madre los conservaba cuidadosamente en su corazón”.

Sor María nunca se quejó de los dolores fuertísimos en la fiebre reumática. Hizo voto de castidad a los 14 años, sin decirle a nadie, sólo a su confesor. Siendo monja le prohíben dar el agua que le dio la Virgen y recibir a la gente que llegaba a consultarle. Obedeció sin decir una palabra, lo mismo cuando la acusaron de que era bruja espiritista. Prohibía a las personas que habían visto alguno de sus milagros que lo contaran, tenían que guardar silencio como ella. Así fue su conformidad absoluta de Dios, estaba totalmente abandonada en él, el fin de Sor María era callar y orar a semejanza de la Virgen.

Pero también Él le sabía corresponder con su amor. El 22 de enero de 1952 tuvo una experiencia mística altísima. Pidió a Jesús: “Dame de beber tu preciosísima sangre”. La respuesta fue: “Por eso he acercado tu boca a la llaga de mi Divino Corazón, para que bebas constantemente mi preciosa sangre embriagada de amor”.

Qué privilegio y qué amor de Jesús para Sor María. En uno de sus milagros prueba su silencio, explica María Elena Serrano Arias: “Yo vivía una vida muy dura, era un infierno y la pobreza tan grande que no tenía nada para comer. Sor María me abrazó, me recibió con el amor más grande y dándome alimentos me dijo: ‘llévese estas comiditas y se ponen a comer juntitos los dos, y usted se calla y verá que todo se va a cambiar’. Así fue, mis hijos estudiaron y mi esposo tuvo un cambio muy bueno, a partir de ese momento aprendí a ser humilde y así enseñé a los míos”.

“Ella sanaba espiritualmente (y también físicamente), curaba a mi hijita que tenía las ‘piernitas’ un poquito deformadas. Me enseñó cómo hacerlo. Ella misma la curó delante de mí con agüita de la Virgen haciéndole masajitos y el signo de la cruz y así yo le hacía y se curó perfectamente sin tratamiento ortopédico y está muy bien. Cuando Sor María encontraba dificultades, sufría, guardaba un virtuoso silencio. Yo veía que lloraba, pero se callaba, todo lo ofrecía ella, al Señor. Vivía de fe viva y nos dejó esa herencia. Siempre la vi muy silenciosa, muy humilde, en el malo y el buen tiempo; siempre con su sonrisa tranquila y en paz”.

Hay que aprender a aceptar todo lo que manden el Señor y María, sin quejarse, guardar silencio sin comentarlo con las amistades, sin renegar ni ponerse bravos por lo que pide el Señor, sobre todo si es un sacrificio.

La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.  

Editorial
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