Edgard Rodríguez [email protected]
Nuestro vilipendiado Salón de la Fama, recibió un toque de respetabilidad ayer, al conocerse el ingreso de Julio Moya, el más grande lanzador amateur producido por nuestro país.
Así que Julio, que ha sido aficionado a las copas, tiene ahora un verdadero motivo para celebrar.
Una celebración compartida por todos los que le hemos valorado alto, tras una trayectoria salpicada de éxitos y gestos heroicos, que ya le habían asegurado su perdurabilidad en el tiempo, más allá de la reticencia de los encargados de abrir espacios en el Salón de la Fama.
Es un paso al frente no de Moya, sino del propio Salón de la Fama, que se merecía un deportista del calibre de Julio.
¿Qué Moya no ha sido un ángel? Y, ¿quién de los que está ahí dentro lo ha sido? Todos, en algún momento, hemos hecho cosas de las cuales no estamos orgullosos. El problema de Julio, ha sido su alcoholismo, enfermedad que hasta ahora no ha podido derrotar.
Lo demás fue superado por Julio, dueño de un formidable récord de 66-31 con 2.06 en su carrera, más el fantástico 0.14 de efectividad en 1984, cuando apenas admitió dos carreras limpias en 128 entradas, algo que resulta impensable incluso en esta época de bate de madera.
Pero además, Moya llevó al título a los Leones varias veces. Y para no dejar dudas respecto a su grandeza, acabó el ayuno nica de no vencer a Japón, durante el Mundial de Cuba en 1984, donde a la vez, conquistó cuatro triunfos, que constituyen un récord.
También fue el mejor pitcher en los Juegos CAC de Medellín en 1978, cuando sacar un out era una odisea, considerando que lanzó en un estadio que tenía la cerca detrás del montículo.
Claro, también Moya fue el ciudadano, que no lanzó ante EE.UU. en ese Mundial porque estaba tomado y que por poco se casa en 1979 en Masaya, por segunda vez, sin haberse divorciado del matrimonio anterior, argumentando que lo realizado antes (de 1979) no tenía validez.
Y la verdad, es que algo de eso se nos dijo entonces. Pero bien, a brindar por Julio.