Salomón de la Selva y sus hondas raíces leonesas

Jorge Eduardo Arellano [email protected]

En marzo de 1993 se conmemoró el centenario natal de Salomón de la Selva. Las efemérides no pasó inadvertida en Nicaragua, donde fueron publicados diversos artículos en revistas y suplementos culturales. Oficialmente, el Salón de las Arañas del Teatro Nacional Rubén Darío fue el escenario de la lección magistral que leí el 23 de marzo: “Alfonso [Cortés] y Salomón [de la Selva]: herederos mayores de Rubén Darío”. Doña Violeta Barrios de Chamorro presidió el evento con la nieta de Salomón: Carmelita de la Selva López, invitada especial.

La lección se reprodujo, parcialmente, en la revista Maestro y en el diario La Tribuna, ambos de Managua. Ese mismo año la repetí tanto en Washington (el 9 de noviembre), presentado por el Embajador Roberto Mayorga Cortés —pariente de Alfonso— como en San José, Costa Rica (el 13 de diciembre). Pedro Rafael Gutiérrez, Agregado de Prensa y Cultura de la Embajada de Nicaragua, inició el acto que patrocinara la Agencia Sueca para el Desarrollo Internacional (ASDI). Pero no fue esa mi única contribución al centenario salomónico: en dos entregas de La Prensa Literaria (20 y 27 de marzo) difundí su “Biografía (1893-1936)”, precedido de estas líneas:

“Hasta principios de 1936, cuando comenzó a mantenerse con entera dignidad, apoyado por sus hermanos Rogelio y Roberto en la capital de México, cesó Salomón de la Selva su vida azarosa e intensa, estableciéndose definitivamente en el país vecino de Centroamérica. Hasta entonces había protagonizado una vital aventura errante en varios países de la cuenca del Caribe, Europa y, sobre todo, en los Estados Unidos, aventura signada por el genio. Éste lo acompañaría siempre, pero aquélla dejó de serlo, al menos en su contenido anárquico. De ahí la precisión, suficientemente documentada, de la cronología biográfica de estas páginas”. Y de ahí, asimismo, el título de la obra que estoy elaborando: Aventura y genio de Salomón de la Selva.

Tales fueron, a mi parecer, las palabras claves que definen, respectivamente, su vida y obra, ambas únicas y singulares; pero al mismo tiempo desconocidas. Si Rubén Darío es aún ignorado en su verdadera dimensión, mucho más lo continúa siendo De la Selva, nuestro valor intelectual más consistente después de aquél. A una causa objetiva, entre otras, se debe en buena parte esa ignorancia o desconocimiento: a su ausencia física de la patria desde octubre de 1929, cuando tenía 36 años y fue expulsado por el régimen del general José María Moncada (1929-1932). Desde entonces no retornó sino hasta los 64 por unos días para morir poco después en París —a los 66— el 5 de febrero de 1959.

Dejaba, entonces, una trayectoria infatigable que abarcaba las numerosas facetas, por ejemplo la de young poet en Estados Unidos e inaugurador de la vanguardia en América Latina, de traductor al inglés de poetas en lengua española y al español de poetas en lengua inglesa; de intelectual incorporado al movimiento que le correspondió impulsar en materia de educación y cultura a José Vasconcelos dentro de la revolución mexicana; de líder obrero, luchador anti-intervencionista y partidario de Sandino; de narrador y teórico de la Estética, fundador de revistas y centros de estudios, de catedrático y maestro; de protagonista de un victorioso duelo a muerte en Costa Rica, de ghost writer del presidente mexicano Miguel Alemán, etc., etc. Es decir, toda una existencia plena que no cabe en una semblanza ni en un ensayo ni en varios libros.

Por eso me limitaré, en esta oportunidad, a subrayar sus raíces culturales en su León natal, no sin repetir que lo más característico de su obra —sostenía Angel Martínez Baigorri— “es una fusión orgánica, hasta hacerse consubstancial con la vida del poeta, de tres culturas: la llamada clásica, griega y latina, auténticamente penetrada y compenetrado él con ella; la cristiana, en su gran extensión profundizada, desde el principio hasta lo mejor de hoy; y finalmente la indígena americana, adivinada y aprendida y vivida más que aprendida”. Esto explica que Salomón haya dedicado muchos de sus versos perdurables a genuinos representantes de esas culturas: al griego Píndaro, al latino Horacio, al poeta y gobernante sabio de Texcoco: Netzahualcóyotl y al prócer, sacerdote criollo e independentista de México: Miguel Hidalgo, por evocar sus cuatro libros inspirados en ellos, tan difíciles de obtener porque se agotaron o su circulación fue escasa o reducida.

En ese sentido, la imagen de Atenas —conocida posteriormente en su versión latina de Minerva— debió ser aprehendida por Salomón en su infancia y adolescencia leonesa, pues figuraba en el sello de los títulos en latín otorgados por la universidad, como nombre de una famosa imprenta y referencia constante en los discursos de la época, como en el pronunciado por el cursante de Filosofía Alejandro Castro el 17 de octubre de 1867: “Sólo del templo de Minerva salen los genio, y el talento se desplega; sólo de ahí mana el mundo de las ideas, o sea, la celebridad de esos hombres que con sus grandes conocimientos asombran la humanidad”. Y este fue el caso de Salomón de la Selva, abierto a la universalidad y heredero de la tradición neoclásica de su ciudad natal, como lo reflejó esplendorosamente en su magna obra: ilustre familia (1954).

Como se sabe, se trata de una apropiación creadora del mundo griego que muy pocos latinoamericanos —tal vez un Alfonso Reyes y un Pedro Henríquez Ureña, que no eran bardos como el nicaragüense— la hubieran acometido. Aunque terminó de formarse en nueva Inglaterra y tuvo luego a México como patria adoptiva, Salomón no se explica sin su ciudad natal, cuyas tradiciones asimiló hasta cumplir los 13 años. Así la búsqueda apasionada de la cultura le condujo a una adhesión: la de los ideales clásicos greco-latinos. No debemos olvidar que él fue también autor de “Julio César”, uno de los dos ensayos que forman su Prolegómenos sobre la educación que debe darse a los tiranos (1955).

En una de las “Acroasis” de su Ilustre familia /Novela de Dioses y Héroes —todo un compendio de la cultura occidental y despliegue de sabiduría y belleza—, Salomón declara su amor por las bibliotecas públicas: origen de su pasión helénica. Y la primera que frecuentó fue la Unión de la Juventud en León, cuyo reglamento fue impreso en 1899. Dirigían este centro y esta biblioteca Cornelio Sosa, Antonio Medrano y Manuel Tijerino, jóvenes poetas de gran melena y fogosa oratoria implacable contra las tiranías. La biblioteca, que era también cubil de conspiraciones liberales, se alojaba en un gran salón al que se accedía por una puerta desde la calle de la Merced junto a esta Iglesia, en lo que primero había sido convento dominico, es decir, de padres tomistas por excelencia y más tarde la segunda universidad más importante de Centroamérica. Y agregaba Salomón en dicha “Acroasis” de su Ilustre familia [en la que figuran, no por casualidad, un “Himno a Minerva” (en prosa poemática) y un “Discurso” de la misma diosa]:

“Triste es el destino de las bibliotecas y todo esfuerzo cultural en nuestras tierras tropicales. Salí de León para el extranjero y cuando volví [en 1910], para estudiar en mi país la abogacía, la Unión de la Juventud había desaparecido. La biblioteca de la Escuela de Leyes cabía toda en un armario de modestas dimensiones y lo más de sus libros eran tomos de colecciones incompletas en latín, porque ya nadie leía latín en León y no tenía objeto robarse esas obras. Allí me aficioné al Derecho Romano, que el maestro doctor Juan de Dios Vanegas, llevaba enteramente en su cabeza, dándonos clases sin necesidad de texto a José Sansón y a Arístides Mayorga, mis compañeros en esos días, impartiéndonos además, extracurrículum, el interés en que él ardía por los problemas del Timeo de Platón. Allí di con el difuso pero apasionado tratado ciceroneano De natura deorum que había sido de mi abuelo, el licenciado Buenaventura Selva, varón de muchas luces, autor de un voluminoso texto de Instituciones de Derecho Civil que todavía en 1928 explicaba en sus clases de jurisprudencia el decano Roscoe Pound de la Escuela de Leyes de la universidad de Harvard. En León, al recobrar la propiedad de ese libro de Cicerón que digo, se determinó, aunque no lo sabía, mi vocación de humanista”.

Como Salomón de la Selva (el segundo creador de León “tocado por el genio”), otros coterráneos que abandonaron la ciudad no cortaron el cordón umbilical que les unía a ella; pero nadie la cantó como aquél: “Mi ser es todo tuyo: /pobrezas he tenido, pero nunca humildades, /y en mi voz tus campanas repiten cuando arguyo /tu derecho de hermana de las grandes ciudades. //Y mi derecho altivo /de ser en todas partes prelado en tus liras, /sin más cantar que el tuyo, y representativo /de todo lo que fuiste y todo lo que aspiras. //Catedral es mi pecho /como tu catedral: corazón amplio y fuerte, /y antiguo: de tu barro y de tus pies hecho, /íntimo de los siglos, de Dios y de la muerte”.

El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.  

Editorial
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