La popularidad de don Enrique

Eduardo Enríquez [email protected]

Me imagino que el jueves pasado la gente llegó a la Casa de la Presidencia en una sola “canillera”, todo mundo nervioso, preocupado y saltando del asiento cada vez que el teléfono timbraba, pensando que al otro lado de la línea encontrarían a un enfurecido Enrique Bolaños.

Si en realidad sucedió así sería lo más normal del mundo, eso pasa hasta en la Casa Blanca cuando sale una encuesta que pone la popularidad del jefe del Ejecutivo por el suelo. Y según Cid-Gallup, Bolaños tiene una percepción negativa de menos cuatro puntos actualmente.

Pero yo creo que la Presidencia de don Enrique no es una Presidencia “normal” en el sentido político y por lo tanto estos resultados –que son reales sin duda alguna– deben verse en otra luz. Para mí sería un error que esa “canillera” de los asesores se traduzca en tomar acciones políticas que incrementarían la popularidad del Presidente en el corto plazo pero que nos causaría un gran daño en el largo plazo.

En otras palabras, lo bonito, lo popular, es dar la fiesta, pero a nadie le gusta limpiar la casa después de la fiesta. Creo que a estas alturas don Enrique debe estar claro que a él le tocó limpiar la casa y ponerla en orden.

Para aterrizar el ejemplo, eso significa que tiene que tomar medidas impopulares como la de restringir el gasto y aumentar los impuestos para que el gobierno pueda sobrevivir, pero además tiene que hacerlo dentro del esquema que le dejaron dibujado Arnoldo Alemán y Daniel Ortega en el pacto, un pacto que tiene que desmontar. Y en ese contexto, tiene que crear suficientes empleos para que la gente lo sienta.

Pero para que llegue a crear empleos masivos y sostenibles tiene que pasar por los tres objetivos anteriores, entonces tiene que estar claro que le espera un largo período de impopularidad. Es inevitable, así que él y su equipo deben concentrarse en mantener esas metas, lograrlas, y esperar. Es un trabajo ingrato, pero necesario.

Si don Enrique y su gente logran imponer una cultura de austeridad, desmontar el pacto y transformar el Estado para que no sea un botín, como lo es actualmente el Poder Electoral, ni un mercado donde se venden al mejor postor como lo son los Poderes Electoral y Judicial, habrán sentado las bases para la creación de empleos. Desgraciadamente el verdadero “boom” de esos empleos probablemente no se dé ni siquiera durante la Presidencia de Bolaños, pero será su obra. Y al final la gente se lo reconocerá.

Si no, que se vea en el espejo del mandato de doña Violeta. El objetivo de ella fue entregar un país en paz, que fuera viable. Durante su Presidencia se mantuvo en un promedio de percepción negativa de 25 puntos, en ocasiones bajó a menos 39 puntos y en el mes de las elecciones de 1996 estaba en menos 17 puntos.

Pero como cumplió su objetivo, al mes siguiente de las elecciones de 1996, antes de entregar la banda presidencial, ya tenía un saldo positivo de 24 puntos. ¡Saltó 41 puntos en un solo mes!, y desde entonces es la personalidad pública más popular del país (todos los datos según Cid-Gallup).

Ahora, si don Enrique no quiere esperar hasta salir de la Presidencia para volver a ser popular, entonces que reforme esa vergonzosa Ley que le permite ganar 20 mil dólares al mes. Si lo hace, no tendremos necesidad de esperar cuatro años –y el resultado de su gestión– para reconocerle popularidad.  

Editorial
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