Gabriel Solórzano
Al autor de mis primeras lecciones de sabiduría y clarividencia política, Amo, debo informarle que desde su partida casi nada ha cambiado. Al volver a ver sus caricaturas que sensibilizaron mi infancia, después de tantos años, veo en ellas el “pasquín”, que es la historia de Nicaragua, pero también un vaticinio cumplido a cabalidad.
La “mano invisible de la economía” continúa aferrada a la garganta de la mayoría de los nicaragüenses. La “mano pachona del gobierno” alimenta sólo el estéril debate, tal que ya no se sabe escoger entre corrupto, insensible o incapaz. Los golpes propinados por la naturaleza espantan más a veces por severos y otras veces por frecuentes. Así que 20 años después, se puede hablar de logros, pero no verlos en la mesa. Sin embargo, el humor y la esperanza, contrario a todo vaticinio menos el de AMO, florece menguado y polvoso, pero irresistible como flores de arrabal. Parece que el humor y la sátira están destinados a ser un alivio y que por siempre sobaremos los dolores con la risa. Esa es la belleza del regalo de AMO, que al parecer nunca confundió el ser con tener. Y dio generosamente dibujitos de luz con sus manos vacías.
Otras cosas han pasado. Nuevas y polémicas hipótesis han puesto en duda la existencia del cacique Nicarao. Modernos y agudos filósofos argumentan que la nación nicaragüense no existe, a pesar de haber una población de 5 millones de sobrevivientes entre las cada vez más estrechas fronteras terrenas y marítimas. Y resulta que, geológicamente hablando, los huracanes, terremotos y demás calamidades no son actos fortuitos sino evidencia que nuestro país está en proceso de destrucción, que el destino físico de nuestra región es el fondo del mar. Visto desde el ángulo de semejante conspiración cósmica, las incontables contribuciones de nuestra clase política al inevitable descalabro son consistentes esfuerzos para que esta pérdida total sea en realidad una pérdida gradual y al final, menor. Y esa rebeldía bondadosa tan nicaragüense ante semejante destino, esa melancolía humanista constante que supera la ira y la angustia, tal vez no en profundidad pero si en duración, dibuja a Nicasio en la conciencia y en el corazón a los pocos que tienen (me incluyo) el privilegio de no ver a Nicasio en el espejo.
Cuentan que en los antiguos pueblos indígenas, al final del camino un artesano maestro en el arte del barro escogía la mejor de sus obras, y en una ceremonia sencilla entregaba su tesoro a sus pupilos. Estos tomaban la valiosa pieza, y luego de admirarla la rompían con las manos, convirtiendo el barro en mil pedazos, que luego incorporaban, cada uno, a su propia arcilla. Resulta que, sin saberlo, se conserva esta hermosa tradición. A Nicasio, fruto él mismo de esa bella costumbre, se le puede ver dibujado en las más importantes obras de la literatura nacional contemporánea tanto como en la penúltima página del periódico de ayer. Así que no sería sólo por el hecho de estar muerto que no sorprendería si dentro de un millón de años, aprovechando algún respiro de la naturaleza autodestructiva de nuestra geología e indosincrasia, vengan del Norte de ese entonces a lo que queda de nuestra tierra de lagos y volcanes algunos eruditos exploradores de pasados remotos y concluyan, no enteramente sin razón, que Nicaragua debió su nombre a un tal Nicasio, personaje clarividente y personificador de todo un pueblo y su vida circular de nación-finca.
Y será a partir de este personaje tan sabio como humilde, que los más sentimentales científicos concluirán que este pueblo merecía algo mejor.
El autor es presidente del grupo cívico Etica y Transparencia.