La soledad política del Presidente Bolaños

Cristiana Chamorro [email protected]

A estas alturas del Partido Liberal Constitucionalista nos preguntamos si la pretendida pertenencia del Presidente de la República a dicho partido es un factor positivo o negativo. Primero, para la democracia de Nicaragua y segundo, para que don Enrique cumpla con éxito una de sus promesas de campaña: “Ser Presidente de todos los nicaragüenses”.

De hecho don Enrique ya fue expulsado de las filas del partido que lo llevó al poder. No necesita formalidades para entender que la declaratoria de oposición a su Gobierno significa que sus compañeros de carrera política se definieron por Alemán en la línea de la corrupción. Una posición de su partido con la que sus ministro no deberían contemporizar y menos pensar en una recomposición de fuerzas porque son posiciones irreconciliables con la ética que pregonan en el Gobierno.

Allegados del Presidente apuestan a un éxodo gradual de liberales arnoldistas hacia la recomposición del PLC bajo la sombra del Palacio Presidencial. Un pronóstico que justifican en base a la lógica de los políticos tradicionales que siempre tienden a “arrimarse” al Poder Ejecutivo. Por otra parte confían en que la embajada norteamericana va a incidir en la renovación liberal para evitar la dispersión del voto anti sandinista.

La verdad es que el Presidente se quedó sólo, sin partido, y no es una mala noticia para Nicaragua. Un Bolaños liberado del PLC se acerca más fácilmente al ideal de Presidente que los nicaragüenses señalaron en su ultima encuesta, doña Violeta de Chamorro. Su auténtica independencia de los partidos políticos le dio credibilidad a su discurso de ser “Presidenta para todos los nicaragüenses”.

Pero que un presidente se quede sin partido tiene también sus riesgos para la gobernabilidad democrática. No significa licencia para salirse del juego político y conformarse con un equilibro de gobierno como el que tiene don Enrique. La soledad política del mandatario es tan grande como su precario nivel de gobernabilidad, que no es mayoritariamente suyo sino la suma de intereses de otros sectores más beligerantes en sus objetivos que el gobierno.

Primero, la agenda de la comunidad internacional encabezada por Estados Unidos le ha logrado dinamizar asuntos urgentes de política interna, pero puede perder su efectividad ante un gobierno lento en su quehacer político. En segundo lugar, el apoyo político del FSLN indudablemente le ha servido de muleta al gobierno, aunque ésta sea una oposición constructiva más de la imagen del candidato vitalicio sandinista que de un proyecto de nación.

Tercero, el mandatario ha sido prácticamente forzado a responder ante expectativas de la población por presión de una opinión pública que evidencia mayor determinación que su equipo de gobierno. Es un apoyo limitado que condiciona su “encanto” por el mandatario al cumplimiento monitoreado de sus promesas de campaña.

Al margen de estos sectores, el juego político del gobierno se resume a una ausencia de liderazgo que sus propios asesores confirman en los medios de comunicación. “Lo que hay son celos idiotas de pretensiones presidenciales de unos y otros que creen que excluyendo cuatro años antes van a caminar bien”, dijo recientemente el asesor Eduardo Urcuyo .

Hace meses Urcuyo también reveló a los periódicos que don Enrique “no tiene equipo, sino cuatro gatos”. Expresó además “que sus ministros mantienen la cabeza en un hoyo como el avestruz” y que “su estrategia depende sólo de él, con algunos mecanismos de opinión pública”. En síntesis es un señor que “vive al día”, en una soledad política acosada por tres expectativas a la vista: la personal, la de los bolañistas liberales y la única que lo debería preocupar, la de la gobernabilidad democrática.

Desde su perspectiva personal pareciera acosado por el miedo a gobernar solo sin poder resolver la ambigüedad de ser o no ser de un partido divido, pero sus bases le reclaman su lealtad. El otro acoso visible es el de los bolañistas, quienes sacan al Presidente de la Presidencia, como santo en procesión y lo andan de distrito en distrito, para que don Enrique les construya el partido que sólo ellos necesitan, pero no un Presidente que termina su carrera política en el 2006.

Su soledad política frente a dos partidos en la oposición, es una oportunidad para convertir la institución que representa en una verdadera tercera fuerza de la democracia sin color político, con iniciativas de estadista que a largo plazo le aseguren la ruptura del caudillismo bipartidista y a corto plazo, un equilibro propio a tres bandas en la Asamblea Nacional.

Al Presidente Bolaños le llegó la hora de romper la comodidad de su juego solitario, mostrar las cartas de su liderazgo político y salir del “día al día” a reconstruir las bases de una democracia basada en la pluralidad y sanidad del sistema de partidos políticos. Y en este juego no está solo.

La autora es periodista.  

Editorial
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