Humberto Belli [email protected]
Es bueno que se legisle a favor de la igualdad de oportunidades de las mujeres. Lo malo es que al hacerlo se introduzcan en la ley artículos que dañen a la familia, a la niñez, y a las mismas mujeres.
Efectivamente, los artículos 18 y 19, del proyecto que hoy se discute en la Asamblea Nacional, niegan a las mujeres casadas privilegios que reservan a las mujeres sin cónyuge, discriminando así a un importante segmento de nuestra población.
De acuerdo a dichos artículos, los programas de crédito, capacitación, asistencia técnica y de vivienda, “priorizarán a las mujeres jefas de hogar.” Así pues, aquellas mujeres unidas en matrimonio, y que son las que constituyen los hogares más estables, no tendrán el mismo acceso al crédito y a la vivienda, que aquellas que hayan roto dicho vínculo o no tengan interés en establecerlo.
Esta política, de ser aprobada, desincentivará los matrimonios y creará un incentivo para no formalizar muchas relaciones, para que los separados no vuelvan a juntarse, y para que algunos que estaban unidos dejen de estarlo. Esto sería trágico pues debilitaría a la familia monogámica, aquella que los legisladores de muchos países se preocupan por fortalecer, precisamente por ser el medio más adecuado para criar y proteger a la niñez. Abundantes estudios sociológicos corroboran que los niños procedentes de hogares estables jefeados por padre y madre tienen, en general, mejor rendimiento académico y equilibrio emocional. Los problemas—sociales, psicológicos, etc.— golpean más a los nacidos fuera de matrimonio, o de uniones pasajeras, o a los niños criados en hogares rotos por el divorcio, la separación o el abandono.
No hay duda de iniciativas legales como este anteproyecto se adoptan, a veces, buscando cómo proteger a quien se percibe más vulnerable. Ésta fue la lógica que usaron los Estados Unidos con sus programas de beneficencia o “welfare,” que establecían protecciones para las madres solteras o abandonadas que se perdían con el casamiento. El efecto neto que causaron estas leyes fue un catastrófico. Aumento la desintegración familiar y multiplicó los casos de niños con problemas.
La legislación, que debe precisamente tutelar los derechos y la protección de los más débiles, no puede ignorar estas realidades. Tampoco puede ignorar la dimensión educativa que toda ley tiene. Tal y como esta redactada, la Ley de Igualdad de Oportunidades estaría enseñando a nuestra juventud que es tan estimable la unión casual, que establecen aquellos que buscan rehuir los compromisos, como la relación de quienes buscando crear una familia estable, asumen el reto más difícil, pero noble, del matrimonio.
Hoy que se habla tanto del interés superior del niño y la niña, es preciso recordar que la familia, con un padre y una madre comprometidos en unión estable a través del matrimonio, es la que mejor puede proteger los intereses del segmento más desprotegido de nuestra sociedad.
La igualdad de oportunidades de la mujer es un objetivo noble que hay que apoyar. Pero hay que hacerlo a través de leyes cuidadosamente estudiadas, que no minen, consciente o inconscientemente, instituciones que son indispensables para la salud social. De otra forma, los beneficios que podrían ganarse en unos aspectos, podrían ser anulados por los maleficios cultivados en otros.
El autor es presidente de la Universidad Ave María College.